Ecos del Ararat

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Más de dos semanas en Armenia dan para recoger un buen puñado de historias. Pequeñas escenas que a veces permiten contar historias un poco más grandes.

Un símbolo omnipresente

Cualquier documentación previa a la vida en Armenia pasa por el monte Ararat. Una montaña de más de 5.000 metros de altura, situada en territorio actualmente turco pero históricamente asociada a Armenia. Es un símbolo nacional, un símbolo de la armenidad, que diría Xavier Moret en su recomendable libro La Memoria del Ararat. Está presente en todos lados, incluso antes de llegar al país. En el aeropuerto de Moscú, una niña de no más de 13 años viste una camiseta azul con la figura del Ararat. Me pregunto si será la primera vez que visita Armenia, como ocurre con muchos de los cerca 10 millones de armenios en la diáspora. Muchos aprovechan las vacaciones para ir al país donde se encuentran sus raíces, algunos incluso por primera vez, como unos chicos norteamericanos que nos encontramos a la orilla del lago Sevan y que viven en Los Ángeles. En Estados Unidos se considera que hay más de millón y medio de habitantes de origen armenio.

El Ararat también aparece en el horizonte cuando el avión se dispone a aterrizar en el aeropuerto de Zvartnots. Me encuentro al lado de la ventanilla que justo da hacia el monte que tienen idealizados los armenios, donde la tradición dicta que atracó el arca de Noé tras el diluvio, y la pareja que se sienta a mi lado lo mira con devoción. Y emoción. “Es el Ararat, ¿verdad? Es muy bonito”, les comento mientras asienten, emocionados por la vista, e insisten en la belleza del monte situado en Turquía. La visión de la montaña también es nítida desde la terminal, donde toca hacer cola en la fila de pasaportes. Pero pocas horas bastan para darse cuenta de que se trata de un elemento omnipresente. El taxista que me lleva al hotel me ofrece un cigarro de su paquete, de marca Ararat. Pasamos al lado de una fábrica de Brandy, que también luce el nombre de Ararat. En el centro de la ciudad el primer banco que localizo por si necesito sacar dinero de un cajero también se llama Ararat. Como el club campeón de la liga de fútbol, el Ararat-Armenia, al que unos días más tarde veré en un partido de la previa de la Europa League contra el Lincoln Red Imps de Gibraltar.

El Ararat-Armenia es un equipo fundado en 2017 que este año ha debutado en la Champions League. Nació en 2017, subió a Primera en su primera temporada y ganó la liga en su primer curso en la élite del fútbol de su país. Propiedad de Samvel Karapetyan, un multimillonario ruso de origen armenio sobre el que ya habló Toni Padilla en un detallado Polish Boyfriend porque no se trata de la única institución futbolística que presume del monte Ararat en su nomenclatura. El nuevo campeón del fútbol armenio cuenta con una de las estrellas emergentes del panorama nacional, el mediapunta ya internacional absoluto Petros Avetisyan, y ha fichado a jugadores con pasado en la Eredivisie como Rochdi Achenteh o Furdjel Narsingh, el hermano del exjugador de PSV Eindhoven y Swansea. El objetivo de lucir el nombre del Ararat por las competiciones europeas parece evidente.

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Vista del Ararat desde el estadio del Banants.

Entorno occidental en el Cáucaso

“Juego de Tronos llegó aquí antes que a Rusia”, me aseguran con absoluto convencimiento en mis últimas horas en Ereván. Es una afirmación difícil de contrastar de primeras, pero aun así me recuerda cuánto me desconcierta Armenia. Es una urbe habitada desde hace más de 2.800 años donde actualmente vive más de un millón de personas, que se asoman a la calle cuando las temperaturas dismunyen tras las horas de sol más intenso y se acerca la noche. Como los caracoles que salen de su caparazón después de la lluvia, los armenios toman las avenidas, parques y terrazas como no he visto en demasiados sitios. A cualquier hora de la noche de cualquier día del mes de julio. Las arterias principales de la capital armenia están desbordadas, emergen vendedores ambulantes y los rincones más emblemáticos rebosan de habitantes locales que quieren aprovechar las mejores horas del día para estar en la intemperie.

Lo que parece de inicio una ciudad áspera, algo hostil en la nocturnidad de ciertos barrios, se convierte en una explosión de vida que permite paseos nocturnos. Como la subida a la Cascada, una escalinata enorme que corona una avenida decorada con esculturas modernas. La remontan familias acompañados de niños todavía pequeños a los que deben cansar un poco más antes de mandar a la cama, parejas más veteranas que se sienten atraídas por la calma que se puede encontrar en la cima. También jóvenes que buscan rincones algo más íntimos. La Cascada invita a ello, a sentarse en algún lugar y contemplar la ciudad. La vista no es abrumadora, especialmente cuando es de noche o si de día la niebla dificulta la visión del monte Ararat, pero ese es el lugar al que acudiría a tomar decisiones y meditar si viviese en Ereván durante una buena temporada.

El pasado soviético se palpa en la capital armenia. El ruso está presente en cualquier indicación, como el inglés o el francés, donde se encuentra una de las mayores comunidades armenias en la diáspora. Como reflejan Charles Aznavour, fallecido en 2018 y al que dedicaron un museo al lado de la Cascada, o Youri Djorkaeff y Alain Bohghossian, campeones del Mundial 1998 con la selección gala. Las películas se doblan al ruso en la mayoría de cines y es más fácil que las generaciones más veteranas dominen dicha lengua. No obstante, los armenios que he conocido presumen de visión occidental. De influencias procedentes de los familiares lejanos y no tan lejanos afincados en el extranjero, aunque muchos ansíen acabar regresando a su tierra pasados unos años. De estudiar en universidades de corte estadounidense. De vivir en un marco cultural y conceptual parecido, lo que, según cuentan, incluso en tiempos soviéticos la convertía en una de las ciudades más abiertas de la URRS. El alfabeto propio diseñado en el siglo V por Mesrop Mashtots, personalidad con la que se bautiza una de las avenidas de la capital, está presente en todos los rincones de la ciudad y dota a la urbe de una personalidad particular. Pero si no fuera por el permanente recordatorio del alfabeto de un idioma con 39 letras diferentes y una cantidad de sonidos parecida, imposible de descifrar para el oído extranjero, el corazón de la capital de Armenia podría ser el corazón de casi cualquier (pequeña) capital europea.

Las distintas letras del alfabeto
Las distintas letras del alfabeto están expuestas delante del Matendaran, donde se conservan los libros más antiguos escritos en armenio.

El sueño de ser analista deportiva

España acaba de empatar contra Portugal en el Banants Stadium, un recinto deportivo situado a las afueras de Ereván, en un barrio tremendamente humilde adyacente a la capital armenia. Ha terminado la segunda jornada del Europeo sub-19 en el Grupo A y el grupo transcurre según lo pronosticado por Fenya, una de las voluntarias que atiende a la prensa antes de cada partido con todo tipo de logística. Desde facilitar la hoja de las alineaciones hasta echar un cable a la hora de buscar el peto para poder bajar a pie de campo a hacer fotografías. No es la única voluntaria que forma parte de la organización del evento. A diferencia de otros torneos celebrados en otros países, predominan las mujeres tanto en el voluntariado como entre las periodistas que copan la tribuna de prensa o luego piden unas palabras a futbolistas españoles en la zona mixta.

Alla es una periodista de un medio digital armenio que el día posterior al citado partido se cruza toda la capital armenia para presentarse en el hotel donde se concentra España para entrevistar cinco minutos a Juan Miranda, autor de dos goles en las dos primeras jornadas. El lateral andaluz tenía que pasar el control antidoping y no sirvió de nada que se quedara casi una hora después del empate contra Portugal esperando a que saliera. Alla habla inglés, pero no castellano, a diferencia de Kristina. Asegura que lo ha aprendido por su cuenta, leyendo los medios deportivos españoles. Me los cita todos de carrerilla, como quien se aprende los ríos de España: AS, MARCA, MundoDeportivo y SportPuntoEs y DefensaCentralPuntoCom, dichos exactamente de esta forma. Me impresiona la precisión y la inclusión del último medio, aunque luego pienso que conocí a un kosovar en Pristina que sabía absolutamente todo sobre la Juventus y contaba que veía el Chiringuito como si de una liturgia religiosa se tratara. Huelga decir que Kristina es aficionada del Real Madrid desde la distancia, claro.

También hay periodistas o aspirantes a periodistas entre las voluntarias que han preferido o han acabado viviendo el torneo desde el otro lado. Una de ellas es Meri, que tiene un videoblog en Youtube sobre fútbol local, y luego está el caso de Fenya, que clavó los finalistas antes de empezar el Europeo, acertó que el Francia-España de semifinales se decantaría en la tanda de penaltis y admite por lo bajini que es hincha del Tottenham -a pesar de que recientemente el Arsenal fichara a Henrikh Mkhitaryan, el ídolo local sobre el que todo el mundo habla cuando irrumpe el fútbol como tema de conversación-. Resulta que Fenya tiene familia lejana en Valladolid, había seguido los pasos de Juan Miranda y Bryan Gil en el primer equipo del Barcelona y el Sevilla respectivamente y confiesa que su sueño es ser analista deportiva. Analista de fútbol, para ser más concretos. De momento estudia económicas, pero su objetivo es salir a estudiar fuera algo que le permita ganarse la vida en un rol parecido a la gente que ha atendido a lo largo del mes de julio en su ciudad natal. Si no lo lograra, al menos me gustaría imaginármela en un futuro viajando a ver futbolistas en el rol de scout. Como Mariela y Helena, ojeadoras procedentes de Grecia y Portugal respectivamente que siguieron de cerca la fase de grupos del Europeo sub-19 en Armenia.

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Portugal y España se cruzaron dos veces en el Europeo sub-19 de Armenia.

El Banants no acepta dinero

Primeros días en Armenia. El estadio del Banants acoge el partido de vuelta de la primera ronda previa de la Europa League. Tras una primera toma de contacto con el Europeo sub-19, nunca está de más una cata del fútbol local a nivel de clubes. El Banants se enfrenta al Cukaricki, que le goleó en la ida celebrada hace unos días en Serbia por 3-0. Pero me apetece ir igualmente. Descubrir el recinto donde juega uno de los clubes locales más exitosos la temporada anterior en Armenia y ver hasta qué punto se sigue un partido de estas características. Ya de paso, en el Cukaricki hay un par de chicos serbios a los que he visto en otros Europeos de categorías inferiores. Algunos se enfrentaron en Croacia, hace dos años, a los irlandeses del 2000 que han viajado hasta Armenia y se hospedan a pocos kilómetros del Banants Stadium.

Quedo una hora antes del partido con la persona que me va a llevar hasta el estadio del Banants, que también está interesada en ver a los muchachos serbios. No siempre se presentan algunos de los jóvenes más prometedores de ese país donde estás cubriendo un torneo. Y pocas veces se presenta una oportunidad para ver cómo se comportan en una eliminatoria sentenciada, que es la forma de mentalizarse con que el partido puede ser una absoluta basura. El tráfico, no obstante, es terrorífico. Un recorrido de apenas 15 o 20 minutos se convierte en una pesadilla de más de una hora parados en la carretera. Las siete de la tarde, quizás hora punta en Ereván. La avenida que conecta el centro de la capital con el barrio donde se levanta el estadio del Banants está colapsada y verse rodeado de vehículos a los que les faltan piezas, o en el mejor de los casos ostentan rayadas gigantescas, no invita a meter el morro en el carril adyacente salvo que el panorama sea nítido.

Llegamos al estadio del Banants sobre el minuto 20 de partido. El Cukaricki ha marcado el 0-1 a los dos minutos de juego, por si había alguna esperanza de que la eliminatoria resultara emocionante. Nos enteramos de eso en los aledaños del campo, pero aun así queremos entrar. Tras una hora de atasco, qué menos. Sin embargo, en la taquilla no quieren dinero. Ofrezco un billete de 1.000 drams, equivalente a unos dos euros, para pagar mi entrada y la de mi acompañante. La persona que nos atiende niega con la cabeza. Insisto, con mi gesto. Aparta el billete y nos da las dos entradas. Gratis. Así no hay quien levante la economía del Banants, pienso. El partido, aun así, depara instantes memorables. El delantero del Cukaricki, Slobodan Tedic, tiene 19 años y no juega mal de espaldas. Marca un buen gol. Lo mejor, en cualquier caso, llega en el segundo tiempo. Veljko Birmancevic marca plácidamente el 0-4 en un contragolpe y lo celebra quitándose la camiseta y recorriendo la banda como si su tanto valiese la clasificación para la final de la Champions. Tiene 21 años y se trata de su primer gol con el Cukaricki, pero no se libra de la amonestación. Unos minutos más tarde la vuelve a liar. Provoca un penalty y lo pide. Agarra el balón como si fuera de su propiedad y no lo quiere soltar. Viene el ’10’ de su equipo y se lo quita. Y mientras el técnico serbio se desgañita desde la banda, aparece uno de los centrales, le quita la pelota a quien le ha quitado la pelota al futbolista que ha forzado la falta y lo lanza para marcar el quinto tanto de la tarde. Ya nos podemos ir. Nueve días más tarde, Veljko Birmancevic sale desde el banquillo en el minuto 62 del partido de ida de la siguiente eliminatoria de Europa League contra el Molde.

En el 95′ lo expulsan. Segunda cartulina por simulación. Menudo figura.

El Banants perdió por un global de 0-8 contra el Cukaricki.
El Banants perdió por un global de 0-8 contra el Cukaricki.

Todos quieren estar en la final

Siempre es habitual que en la final de cualquier Europeo aparezca prensa de debajo de las piedras. La televisión portuguesa apuesta por un despliegue único para la ocasión tras no comparecer durante los primeros días del campeonato y los medios locales se vuelcan con un evento que seguramente no se volverá a repetir en muchos años, pues Armenia a día de hoy no goza de un estadio capacitado para acoger grandes finales futbolísticas. Dejamos de ser tres cámaras sobre el césped para pasar a la docena y cada cual elige el atuendo que le parece más adecuado para tal ocasión. En el lado donde ataca España en la primera parte, se sienta a mi izquierda un tipo vestido con la camiseta de Mkhitaryan y su ‘22’ en el Manchester United. A su lado, hay un fotógrafo con una elástica antigua de España. A mi derecha, una chica equipada con el peto de fotógrafa vive el partido con las manos encima de los muslos, dando conversación al fotógrafo ubicado a su lado. Poco tiene que ver con los casos descritos anteriormente, imagino, pero el panorama resulta pintoresco.

Sin embargo, lo más divertido llega con la entrega de premios. Bajan al campo gente equipada con la acreditación de organizadores, seguramente encargados de otras tareas con las que no he tenido contacto, más relacionadas con la logística de colocar las cosas en sus respectivos sitios o montar el escenario donde se entregan las medallas. Y se empiezan a hacer selfies en los lugares que deciden de forma unilateral. Uno de los acompañantes locales de Armenia toma la decisión de hacerse una selfie a medio camino entre donde los jugadores celebran el título con toda la puesta en escena oficial y el lugar donde mandan a los fotógrafos colocarse para no estorbar. Otros realizan un ritual parecido en medio del césped en otros momentos de la celebración. Nadie quiere dejar pasar la oportunidad de inmortalizar un momento único y luego presumir en sus redes sociales.

Lo mismo se repite en la zona mixta. Aparecen individuos acreditados que no han asomado la cabeza a lo largo del torneo y en lugar de hacer preguntas a los protagonistas y pulsar sus sensaciones optan por la fotografía de rigor. Ya no es el clásico ritual de los voluntarios, que una vez pasado el frenesí del torneo esperan a los jugadores en el autobús y se llevan su recuerdo, sino que ya es un abanico de personajes de todos colores. Uno incluso coge a Abel Ruiz con la Copa, pide que le hagan la foto y ya desaparece con el botín digital en sus manos.

Hay quien decide hacerse fotografías en lugares poco apropiados.
Hay quien decide hacerse fotografías en lugares poco apropiados.

Aspersores a traición, prólogo del Vardavar

Pocas cosas dan más rabia que unos aspersores al descanso te sorprendan cual novato. Cercano a la línea de banda, en un estadio que ya conocía y en el que había visto a compañeros padecer situaciones similares, pensé que lo peor ya había pasado de largo. Así que me puse a pasar fotografías al ordenador al descanso, en un banco posterior a la valla de publicidad. En menos de dos minutos sucedió lo que yo había querido ignorar: los aspersores expulsaron agua, empezando por la dirección en la que se encontraba mi equipo informático. El ordenador sobrevivió al usar mi cuerpo como escudo humano y unos pañuelos para un rápido secado tras el primer susto. La cámara, aparentemente a salvo, se iba encendiendo y apagando durante los primeros 25 minutos del segundo tiempo. Cada dos fotos, tocaba quitar la batería y volverla a colocar en su sitio. Suerte tuve que no quiso perderse la oportunidad de capturar un gol celebrado justo en la posición que había elegido tras el descanso tras unos minutos iniciales de pánico.

Lo que entonces ignoraba es que el día después de la final del Europeo sub-19, el 28 de julio de 2019, el 98º día después de Pascua, lo que hicieron los aspersores del Republican Stadium de Ereván se reproducía de forma prácticamente literal a lo largo de todo el país armenio. El Vardavar es una de las celebraciones (de tradición cristiana) más populares en Armenia. Típica de cada verano, en un país particularmente caluroso por esas fechas, la gente sale a la calle armada con pistolas de agua, garrafas y cubos que se pueden comprar en puestos en el centro de la ciudad y ataca a la persona más cercana con el agua que brota de las fuentes y pequeños lagos artificiales, abundantes en la capital de Armenia. Afortunadamente estaba avisado, así que ya no salí a la calle con la cámara de fotos a cuestas. Porque tardé dos minutos a que un niño me persiguiera con el objetivo de arrojarme un cubo de agua por la espalda. Durante todo el día, hasta que casi anochece, la guerra de agua a discreción toma Ereván en el Vardavar. La gente va armada incluso en los coches y dispara a los viandantes con pistolas de agua -no solo en los semáforos, sino también con el vehículo en movimiento- y conviene ir echando la vista atrás cuando se pasea por la calle para evitar convertirse en el blanco de un ataque a traición por la espalda.

No hay piedad incluso con los indefensos que no tienen a mano un utensilio con el que arrojar agua al agresor más próximo y hay pocos lugares del centro de la capital donde uno está a salvo. Existe la ley no escrita de no atacar a la gente que come en terrazas de restaurantes, en lo que parece una excepción cuerda entre tanta locura. En cualquier calle puedes toparte con un armenio que dispare a discreción. Y no solo hay que mirar a derecha, izquierda y hacia atrás de vez en cuando. A veces hay que echar la vista hacia el cielo, pues también hay vecinos que arrojan agua desde los balcones a quienes ven despistados paseando por la acera. O simplemente parece que están demasiado secos para un día como el Vardavar.

Cualquiera puede atacarte por la espalda con un cubo de agua durante el Vardavar.
Cualquiera puede atacarte por la espalda con un cubo de agua durante el Vardavar.
Fotografías: MarcadorInt/T. Martínez (Todos los derechos reservados).

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7 comments

Y por lo que me consta, no fui el único al que le pasó algo parecido (incluso entre los que llegaron antes).

Excelente artículo Tomás, por estas cosas esta web es distinta al resto.
Enhorabuena por todo el trabajo que has hecho a lo largo de este Europeo.

Qué gran reportaje, Tomàs! Pequeñas historias que permiten conocer las fauces de un país desconocido para muchos. Seguid así chicos!

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