La cuenta de la vieja

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Entramos en un tramo de la temporada en el que todo es posible. El fútbol toma una velocidad diabólica en sus últimas jornadas, agravada por el empacho del último mes y el carrusel de los dos últimos partidos. Es cuando más se parece a una centrifugadora: va muy rápido, no para de dar vueltas y podemos salir arrugados y hechos un despojo o limpitos y con olor a fresco. De repente los milagros son algo posible, casi lógico. “Uno no tiene ni que mover un dedo. Lo hace todo el milagro”, dice el capitán del Real Madrid en Salvaje Oeste.

La religión gana muchos adeptos en las últimas jornadas. Es la fe del creyente a última hora: quiero aprobar el examen, que no llueva mañana, que mi equipo se salve. Lo resume a la perfección en una frase de Antonio Banderas en Dolor y gloria: “Cuando me duele todo el cuerpo, creo en Dios; los días que sólo me duele una parte, soy ateo”. Lo explicó también Sorrentino cuando hablaba de la cantidad de series de televisión que se estrenaban: “La gente está sedienta de un relato o, simplemente, de creer en un gran cuento. Más que creer en Dios o no, la religión se sustenta sobre la necesidad de fabulación”. Y ninguna como creer que tu equipo ganará siempre.

No es que veamos que es posible que nuestro equipo se vaya a salvar o a ganar el título, y por tanto lo deseamos. El proceso es al revés: queremos que consiga su objetivo y por eso lo vemos posible, aunque raye la frontera de la verosimilitud. Ahí está el Mallorca, que ha descendido este año unas tres veces, en cambio sigue en Primera y con ganas de salvarse. A los muertos hay que asegurarse de matarlos, si no se levantan más vivos que nunca. Nos debatimos entre ser optimistas o no, un día tenemos clarísimo que vamos a ganar, y a los cinco minutos es obvio que vamos a perder. Lo bueno es que así podremos conjugar nuestras cuatro palabras favoritas: “Te lo he dicho”. El optimismo de estos días lo definió Llucia Ramos en Les possessions: “Soy pesimista, pero estoy deseosa de no tener razón, de que venga alguien, me contradiga, y me confirme que vienen tiempos mejores”.

Ahora estamos todo el día con la calculadora en la mano. Que si quedan seis puntos por disputar y estamos a cinco. Que si el golaverage, el calendario. Al final las últimas jornadas son como los exámenes difíciles de matemáticas: te dejaban usar la calculadora porque sabían que no ibas a encontrar a la solución. El fútbol, como siempre, se escapa a los límites de la lógica. Hoy tu equipo está a siete puntos de la salvación y es imposible. “A Segunda”, te dices, y el año que viene, a Segunda B. Pero de repente con una victoria estás a cuatro puntos y no sólo se salvará, sino que ojo ir a Europa el año que viene. Al final el fútbol es fiel a su cuenta de la vieja: la que más nos conviene.

Foto de portada: Focus Images Ltd.

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“Hoy tu equipo está a siete puntos de la salvación y es imposible. “A Segunda”, te dices, y el año que viene, a Segunda B. Pero de repente con una victoria estás a cuatro puntos y no sólo se salvará, sino que ojo ir a Europa el año que viene” -> A veces es muy cierto, un resultado a veces cambia demasiado radicalmente la perspectiva 😛

Es así de cierto. Es lo extremo de este deporte y por lo que también tiene tanto encanto, nos hace creer y, aunque aquello en lo que creamos no tenga sustento racional, nos hace vivir más intensamente. Me encanta la frase:”es la fe del creyente a última hora”. Que bien encapsulas las ideas en las palabras adecuadas Sergio.
Que te voy a decir, gracias como siempre. Abrazo!

En el fútbol somos invencibles, aunque sea por un rato. Un abrazo Juanan.

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