Llego tarde

El Manchester United de Ole Gunnar Solskjaer consiguió una victoria muy importante en la primera jornada. Foto: Alan Stanford/Focus Images Ltd

Si estamos dispuestos, el fútbol nos organiza la vida. Además, se compincha con el calendario escolar para que tengamos claro que el año no empieza en enero, empieza en septiembre. Si el partido es a las cuatro, quedamos a es hora para verlo, o bien quedaremos a las seis porque ya habrá acabado. La primera parte solía durar 45 minutos porque casi nunca se añade. En la segunda, normalmente se descontaban tres minutos más porque había alguna regla interna que no dejaba prolongar el partido más de cinco minutos. El fútbol eran dos partes de 45 minutos porque decían que no podíamos mantener la concentración más de ese tiempo. Si se inventara ahora, me temo que cada parte duraría dos minutos. Pablo Aimar dijo en una entrevista que su generación era la única que veía partidos enteros. “Ahora están acostumbrados a lo efímero. El partido de PlayStation dura cinco o siete minutos. Están acostumbrados a los resúmenes, a ver en el celular los goles de todo el mundo. Son víctimas de este estímulo”.

El fútbol se parece cada vez más a otros deportes menos puntuales. Se sabe cuándo empieza un partido, pero no cuándo acaba. Todo es fruto de la nueva normalidad. Siempre que dicen que es el nuevo ‘algo’ no se parece en nada al anterior. Que se lo digan a todos los nuevos Messis que han ido saliendo, incluso antes que Messi. Aquel Rayo-Albacete, que ya parece de otra época, se estuvo jugando muchos meses. Qué pena que no se hubiera suspendido antes de tirarse un penalti, así hubiera sido el penalti más largo del mundo.

Ya sospechamos algo cuando se instaló el videoarbitraje y los partidos se detenían tres, cuatro y hasta cinco minutos. Al final es verdad que el VAR es como el bar: sabes cuándo entras, pero no cuándo sales y a veces se hacen cosas sin sentidos. Ahora tenemos el tiempo de hidratación, que como todo lo que tiene un nombre en inglés no es exactamente así. De momento está sirviendo más como un tiempo muerto que para beber agua.

Un jueves acaba una jornada y el viernes empieza otra. Ya no se sabe si es la previa de un partido o el post de otro. Uno ya no se da cuenta de si el tiempo pasa rápido o lento. Hay días que son las ocho y poco tiempo después, como dos o tres minutos, son las doce de la noche. Antes de todo esto lo tenía claro: la vida va muy deprisa y el día, muy despacio. Lo malo es que ahora no vivimos el tiempo en el que estamos. Nos encerramos en invierno y ahora de golpe es verano y todo ha pasado volando. Esa fugacidad del tiempo la plasmó Javier Marías en Mañana en la batalla piensa en mí: “Fue todo muy rápido también el lunes y el martes como lo parece todo cuando finalmente llega, entonces se tiene la sensación de que todo se ha precipitado y es corto y era escasa la espera, y de que podía haber venido aún más tarde; todo nos parece poco, todo se comprime y nos parece poco una vez que termina, entonces siempre resulta que nos faltó tiempo y no duró lo bastante, cuando las cosas acaban ya son contables y tienen su número”.

Cobra más importancia que nunca el reloj, uno de esos objetos que, como la riñonera o la libreta, forman parte del pasado. También son como los calendarios: están cargados de futuro y parece que nos fuercen a hacer planes. Un reloj no te obliga a ser puntual, como está demostrando ahora el fútbol. La puntualidad es como la ambición, una de esas virtudes que no se sabe si es un defecto. Supongo que la puntualidad va en los genes, como los ojos azules o la altura. A mí me gusta la gente que no consigue ser puntual pero que llega siempre diez minutos después de la hora. Es otra forma de ser puntual, aunque sea puntualmente tarde. Nada que no se pueda arreglar con un mensaje que cuando lo escribimos nos sentimos a salvo: “Llego tarde”.

Llego tarde, pero llego. Es la frase que resume la temporada de Marco Asensio. Hay veces que once meses de calvario se esfuman en treinta segundos. Para compensar, una alegría de unos instantes puede condenarnos toda la vida. Siempre ha sido muy difícil lidiar con el tiempo, y ahora todavía más. Decimos que no tenemos tiempo, que queremos tener más, y cuando viene estamos despistados. Lo mejor para ilustrarlo es la gente que se pone la primera en la cola de los aviones: tienen mucha prisa pero luego no saben qué hacer con ese tiempo.

Foto de portada: Alan Stanford/Focus Images Ltd

7 comments

Y que lo digas Carlos! Sergio nos trae un regalo cada domingo. Y este es, nuevamente, otro de esos que tocan el alma. Felicidades y eterno agradecimiento.

Gracias Juanan, agradecimiento para vosotros que estáis por aquí cada domingo.

Genial lo de llegar puntualmente tarde. Debo reconocer que tengo conocidos (amigos es una palabra muy fuerte para usarla tan a la ligera) que son de esa estirpe. Algunos llegan puntualmente tarde 1 hora o 2, pero ya saben donde andamos los demás de todas formas. Les pasa como a mi con tus textos, que llego puntualmente tarde, pero llego

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