Los entrenadores y el amor

Mauricio Pochettino es el nuevo entrenador del PSG tras la salida de Tuchel. Foto: Paul Chesterton/Focus Images Ltd

Hay dos nuevos solteros exigentes en Meetic: Míchel y Machín. Dos candados del puente de Roma se han quedado congelados. La relación de Míchel y el Huesca era muy romántica. A veces se veía que no podían dar mucho más de sí, pero ellos lo intentaron. Se ponían sus mejores galas cada noche. Al final se dijeron eso de no eres tú soy yo, que normalmente se suele decir cuando se juega bien pero no se consuma. Ya han visto morrearse al Huesca con Pacheta, al que otro equipo de La Liga dejó plantado en el altar.

Lo de Machín y el Alavés pintaba mejor. Incluso él, que ya había estado con otros en La Liga, dejó tirada a una pareja exótica, de bastante pasta, con la que estaba comprometido. La cosa es que empezaron regular. Es verdad que no discutían mucho, pero es que en realidad no hacían demasiadas cosas. Si iban a un bar sacaban los dos el móvil y en las tardes de peli y manta no se ponían de acuerdo con la película, y casi tampoco con la manta. Era como si durmieran separados en la misma cama. El Alavés ahora ha caído en un error que a veces se convierte en acierto: volver con el ex.

Las relaciones de los entrenadores con los equipos recuerdan mucho a las relaciones de amor. Se parecen desde el principio hasta el final, tanto si por final entendemos seguir juntos o romper. Ya de entrada tienen que pasar muchas cosas para que los caminos se encuentren. Lo explica a la perfección Xacobe Pato en Seré feliz mañana: “Hay que estar ahí, justo en ese instante, en esa discoteca, en ese concierto, en esa sala de espera. Y aun estando en ese lugar y en ese momento en que ambos confluyen, lo más probable es que no pase nada”.

Normalmente la cosa empieza bien. Entrenador nuevo, victoria segura. Las primeras citas también suelen ir bien, no porque conozcamos a la otra persona, sino porque proyectamos las expectativas que tenemos en esa persona. Pochettino y Marcelino han caído de pie, por ejemplo.  Uno ha ganado un título y el otro disputará una final. Eso sí, están ahí gracias a Tuchel y Garitano, una metáfora maravillosa de la vida, porque las personas con las que hemos estado también conforman nuestra forma de ser ahora.

A veces también se puede torcer desde el inicio. Ver los primeros partidos de un entrenador que no cuaja es como ver una mala cita de First Dates. Los equipos y los técnicos a veces no pegan porque quieren pintar una casa con Da Vinci o un cuadro con albañiles. También puede ser que hablen distintos idiomas, con lo que importante que es el lenguaje en una relación. “Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes”, escribió Jorge Carrión.

Luego están los motivos para romper, que pueden ser muchísimos. No hay química, aparece una tercera persona, han rajado con la prensa —esa compañía que escucha pero que también difunde—, o ha habido desgaste. El amor se puede acabar de tanto usarlo o por no haberlo estrenado. Cuando solo quedan brasas o algo se oxida, suele ser mejor dejarlo correr.

Los equipos renuevan y las personas se casan. Es muy bonito, ganan los dos, pero eso no significa que vayan a estar siempre juntos y luego a ver quién cede con el dinero. En la vida está el embarazo y en el fútbol, el VAR:  ambos tienen el poder de cortar la felicidad o la tristeza. Ahora se lleva mucho lo de darse un tiempo, como pasó con Calleja, y a las malas siempre está el entrenador interino. Es ese amigo que te ofrece su hombro hasta que vuelva a aparecer el amor.

En el fútbol ha habido equipos y entrenadores que solo han funcionado bien cuando estaban juntos, como si estuvieran hechos el uno para el otro. Les sucede a Machín y el Girona, que desde que se han separado no encuentran el amor. Se pasan los domingos por la tarde con un helado de chocolate acariciando el álbum de fotos llamado ‘Primera División 2017’.

En fin, que hay amores para siempre, como el de Ferguson, y otros que se acaban. Normalmente, la rueda sigue: que si estás mejor solo, que si bueno si apareciera alguien mejor, que si qué ilusión, y luego a sufrir y quizás a dejarlo otra vez. Hasta que llegamos a la casilla final, el amor es un tablero con muchas trampas. La mejor definición la da Alejandro Zambra en Bonsái: “Cuando Julio se enamoró de Emilia toda diversión y todo sufrimiento previos a la diversión y al sufrimiento que le deparaba Emilia pasaron a ser simples remedos de la diversión y del sufrimiento verdaderos”.

Foto de portada: Paul Chesterton/Focus Images Ltd

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8 comments

Con Machín podemos decir también que se ha encontrado con el típico suegro exigente al que no le gustan ninguno de los novios de su hija. Gran texto, Sergio!

Gran texto Sergio. Pero con el tema de entrenadores y equipos, siempre pienso que es culpa (o acierto) del director deportivo o el jefe que contrata. Por ejemplo, el caso de Machín es un ejemplo. ¿Qué culpa tiene Machín de que sus jugadores no estuvieran cómodos con la idea que proponía? ¿Acaso nadie sabía que jugaba 1-3-5-2? En Vitoria, su idiosincrasia nos dice que es una ciudad y por ende equipo, que le gusta estar replegado y salir en velocidad por fuera. Machín no es eso.

Que bien me lo he pasado leyendo este texto. Ha sido algo parecido a leer a Milán kundera con el añadido del fútbol. Que grande eres Sergio. Enhorabuena. Abrazo!

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