Obsolescencia programada

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Te llevas algo del Black Friday porque –te dicen– que está más barato. Aprovechas el día sin IVA. ¿50% de descuento en la segunda unidad? No puedes dejar pasar ese ofertón. Las rebajas de invierno, las de verano, los días del Corte Inglés. Vas de tiendas un domingo. Ir de compras, bajar al centro o pasear por los grandes almacenes es un plan como otro cualquiera. No hay frontera entre el ocio y el consumo: son la misma cosa. Me lo paso bien porque compro. Soy feliz por la prenda de ropa que llevo en la bolsa.

Comprar. Tirar. Comprar. Estas tres palabras formaban el título de un documental que nos descubrió una palabra: obsolescencia programada. La cinta venía a explicar que se le reduce deliberadamente la vida útil a un producto para que te compres otro. Estaban diseñados para que dejaran de funcionar al tiempo para que la única máquina que nunca se detuviera fuera la del consumismo.

Entre lo que compramos sin necesitar y lo que se programa para que deje de funcionar, la dinámica consumista lo engulle todo. También el fútbol. Queremos renovar a los ídolos, que nos están cogiendo polvo. O igual pensamos que, como las máquinas, llega un punto en el que se estropean. Miramos más el DNI que lo que hacen en el campo. Bautizar promesas y retirar jugadores son las pulsiones de cada partido. Además, se retroalimentan, porque para comprar una camiseta nueva tienes que tirar la vieja. Es como si el fútbol fuera un coche de plazas limitadas. Para hablar bien de Mbappé hay que hablar mal de Messi. Es el fútbol consumista, engullido por el engranaje turbocapitalista del mundo: siguiente competición, siguiente partido, siguiente jugador. Next.

A veces nos encontramos con ejemplos que permiten abandonar la rueda del hámster. Modric, Jorge Molina o Busquets, al que han dado por muerto más veces que al libro, demuestran lo mismo que los abuelos que van a bailes de salón: que la edad es solo un número y que los números en el fútbol lo explican casi todo, que es lo mismo que decir que no explican nada. Les pasa que cuando cumplen 25 se dan cuenta que con 20 no eran tan viejos, cuando soplan 30 velas se percatan de que con 25 eran jovencísimos. Así que, en realidad, van rejuveneciendo. Como si se alejaran de la retirada. Algo que ves tú en la última semana de trabajo antes de vacaciones o en los cinco minutos finales en los que tu equipo va ganando: cuanto más cerca está el final, más cuesta que llegue.

A los 30 años empezamos a sospechar de los futbolistas. Volcamos nuestras crisis existenciales de los números redondos en los jugadores, que cargan con la mochila de nuestras frustraciones. Nos fijamos en los imberbes: la juventud es feliz porque tiene un futuro. Ellos son los que escuchan los primeros acordes de la última canción en la discoteca y siguen dando pasos coordinados. Reflexionan sobre si dejar el fútbol o que el fútbol los deje a ellos. Se enfrentan a la obsolescencia programada que nosotros imponemos. Intentan tachar la fecha de caducidad que hemos escrito en la tapa del yogur. Es su lucha contra el tiempo. Dejemos que sean ellos los que la pierdan cuando quieran.

Imagen de portada: Marcadorint

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