Perder el tiempo

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Es domingo, el único día en el que hay dos días. Aún estás en la parte buena: la mañana. Te has levantado a las nueve, una hora buenísima, como lo son todas el domingo. Hace sol, pero tampoco mucho. Te asomas al día como a un precipicio. Lo tienes todo por delante. Aprovecharé para hacer dos o tres cosas, te dices. Pero tienes tiempo, claro. Te preparas el desayuno. Hoy te preparas un zumo, hasta te lo cuelas. Te lo bebes poco a poco, como si quemara. Podrías finiquitar ya lo que tienes que hacer, pero dónde está la gracia si matas ya al sospechoso. Te sientas en el sofá. Cambias de canal, empiezas a ver Spider-Man. La primera, sin faltar. La dejas a medias, ya la terminarás. Podría ser un buen momento para acatar las obligaciones, pero esperas un poco. Riegas el cactus, aunque igual ni le toca. Coges el móvil, te pierdes en el algoritmo. Te quedas un rato con Hasbulla. Decides poner una lavadora. No, dos, hoy por fin vas a separar la ropa blanca y la de color. Te llegas a sentar a la mesa, pero recuerdas que alguien te dijo que los melocotones empezaban a estar buenos. Sales a la frutería, la que sabes que está abierta, la que está más lejos, por supuesto. Miras el reloj y es tardísimo, o sea prontísimo. Empiezas a hacer la comida, porque hoy quieres regodearte con el sofrito. ¿Y las tareas? Ya para la tarde, cuando el domingo sea lunes.

Enhorabuena. Si has llegado al final del párrafo anterior, has perdido el tiempo. A lo mejor te has visto reflejado. Igual hasta estás a punto de exprimir las naranjas mientras lees este artículo y te entran cuatro o cinco guasaps. Son tiempos de dispersión, de interrupciones constantes. Cuándo fue la última vez que estuviste haciendo más de una hora la misma cosa. Cuál es tu récord sin mirar el móvil. La realidad es un puzzle a la que le faltan muchas piezas. Y el fútbol, claro, no escapa a la lógica fragmentada. Nos dijeron que las partes duraban 45 minutos porque era el tiempo que podíamos estar concentrados. Se ve que ni eso, porque ahora los partidos se paran constantemente, quién sabe si para que vayas al baño o revises tus notificaciones.

El fútbol se distrae. A la pelota, como a ti cuando trabajas o estudias, le cuesta mantener la concentración. Puede aparecer un árbitro parlanchín, como si tú entraras a un canal de Twitch. Puede aparecer el VAR, con lo que ya se sabe que cautiva una pantalla. O igual al portero no le apetece sacar de puerta. O el defensa, que ha recibido una cosquilla en la oreja, se retuerce en el campo mientras se coge el tobillo.

¿Y cuál está siendo la solución? Añadir más minutos. Claro que sí. Como si el tiempo se pudiera recuperar. El verdadero problema de las continuas interrupciones que sufre últimamente el fútbol, no es tanto perder el tiempo como perder el espectáculo. Parar el juego corta el ritmo, detiene el show. Es como si le diera al pause cada cinco minutos en una película o te obligaran a comerte una pizza en cinco horas. No es tanto la cantidad del tiempo, es la calidad, mermada por los parones.

El fútbol, y aquí vendría el titular, provoca cada vez más bostezos. Luego, claro, lo del Manchester City – Real Madrid, más que un partido, pareció una obra de arte. Algunos encuentros, más que jugarse, languidecen. Se pierde el tiempo, nunca mejor dicho, con el debate del estilo, pero terminaríamos antes si no se diera la opción a perder tiempo. Empieza a parecer la hipotética solución de jugar a tiempo parado. Algunos dicen que eso no sería fútbol, ¿pero acaso es fútbol lo que vemos en algunos partidos? Antes de contestar, voy a regar el ficus.

Imagen de portada: Licencia Creative Commons

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