Quemar después de entrenar

Ernesto Valverde manager of FC Barcelona during the UEFA Champions League match at Stamford Bridge, London
Picture by Simon Dael/Focus Images Ltd 07866 555979
20/02/2018

No hay mayor enemigo que uno mismo. A veces las cosas van tan bien que decidimos que tienen que ir mal. Somos tan amigos de la zona de confort que cuando un día en muchos años nos despertamos con el cable pelado, queremos cambiarlo todo. No cuesta imaginarse a Bartomeu el pasado fin de semana como ese personaje solitario que, derrotado por la enésima resaca, decide dar un golpe de timón y cambiar de vida, aunque eso pueda conllevar la autodestrucción. A veces, la mejor forma de no correr riesgos es, precisamente, corriéndolos. Lo decía Juanma Lillo en uno de sus mandamientos: “No arriesgar es lo más arriesgado, así que, para evitar riesgos, arriesgaré”.

Santiago Segurola tituló su columna sobre el caso Valverde-Setién con un “El Barça elige el abismo”. Me pareció de lo más acertado porque, acostumbrado a circular con un Seat Ibiza en una carretera sin demasiadas curvas, el club pegó un volantazo aunque se llevara por delante la dignidad de más de uno. Como si la mejor forma de continuar una obra fuera enviándola al desguace y empezando de cero. Rauschenberg, un artista estadounidense, pidió que pintaran un cuadro para que él lo pudiera borrar. Estuvo dos meses borrando la obra hasta que terminó un precioso e impoluto trozo de papel blanco, por el que es recordado. Un cuadro que, simplemente, elimina todo lo anterior.

Se junta también que en la vida vamos a toda pastilla. Todo es para ayer. Los periodistas queremos llegar antes que la propia noticia. Y el fútbol se ha contagiado del cortoplacismo. De ahí que las ligas, que dependen de la regularidad y la rutina, pierdan peso en favor de los fogonazos de la Champions. Queremos hacer cosas en todo momento y que el resultado se vea de forma inmediata. Nos gusta ser productivos constantemente, hasta el punto de que aburrirse empieza a ser una actividad en extinción. Deberíamos aprender de los lisboetas, de Sorrentino y de Santiago Alba Rico. Los primeros tienen una expresión preciosa para cuando no están haciendo nada: Fazer horas. El director italiano respondió en El Mundo a todos aquellos que le acusan de hacer cine lento: “Sois vosotros lo que vais demasiado deprisa”. Por último, el escritor y filósofo reivindicó la lentitud en El Español: “Se nos impone la velocidad, hay que reivindicar la lentitud en la conversación, la bebida y la sexualidad”.

El Barça me ha recordado estos días a esos escritores que quemaban sus propias obras. Lo hacían mayormente por vergüenza. El club quizás lo ha hecho para encontrarla. Hay muchos escritores que nos permiten evocar esa imagen, tan triste y tan feliz a la vez, de estar sentado frente a una chimenea y arrojar, hoja por hoja, todas las palabras al fuego. Gogol dijo que quemó todos sus manuscritos por débiles e inútiles. Juan Ramón Jiménez, cuando murió su amor Zenobia, lo quemó todo. Se convierte un escritor del No y pronuncia una frase memorable. “Mi mejor obra es el arrepentimiento de mi obra”.

De los incendios más grotescos, como el que acaba de protagonizar el Barça, también salen cenizas de la victoria. Que se lo pregunten si no a Zidane, que ha aterrizado en dos ocasiones un equipo de chirigota y lo ha convertido en una melodía dulce y elegante, como era él en el campo. El fútbol no es lógico, no tiene receta ni medidas exactas. Se hace a ojo. Es una pócima en la que echas unos ingredientes y puede salir cualquier conjuro.

El Barça se amarra al estilo, que es a lo que nos agarramos todos cuando no nos queda nada. En un mal día, que no llueve pero tampoco hace sol, que espera un día de trabajo y pocas buenas noticias, lo único que nos queda es abrir el armario y ponernos nuestro jersey favorito. Entre que lo cogemos, nos lo ponemos y nos miramos al espejo, en esos pocos segundos, sentimos algo parecido a la felicidad. Dice Fresán que el estilo es un éxito que resulta del fracaso y Piglia escribió en sus diarios que “el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener un estilo”. El estilo y la elegancia a veces están en un simple gesto: ponerse unas gafas de sol, ajustarse los tirantes o alargar el brazo para mirar el reloj. Son gestos y objetos que casualmente se usan menos, como si el estilo fuera cosa del pasado y sobre todo vaya de la mano del tiempo. En época de tenerlo todo a nuestro alcance, lo que escasea es el tiempo para disfrutarlo. Así que yo no os robo más segundos.

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Foto de portada: Focus Images Ltd.

12 comments

Y que lo digas. Puede uno tener mayor gusto por alguno en especial, a mí me pasa, pero todos son bellamente críticos y reflexivos.
Como siempre, gracias querido Sergio.

Gracias, Juanan, es un gusto encontraros por aquí cada domingo ¡Abrazo!

“Fazer horas”. Qué curioso. Nosotros, o por lo menos yo lo he escuchado mucho, decimos “hacer tiempo”, no sé si será comparable.
Glorioso artículo.

No había escuchado lo de hacer tiempo, la verdad. Será que cada vez nos gustan menos y preferimos hacer algo ‘útil’, como nos dicen. Abrazo.

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