Saber irse

A General View of Camp Nou during the UEFA Champions League match at Camp Nou, Barcelona
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16/03/2016

Saber llegar es facilísimo. Al principio parece muy complicado, especialmente para los que nos queremos meter en un agujero cuando hay que hablar en público. El primer día de clase parecía el peor, mientras se acercaba la rueda de presentación y todos decían su nombre como si nada. Ya lo decía el Sherlock moderno, que borraba todos los mensajes que empezaban con un hola. Al final llegaba nuestro turno. “Me llamo tal y soy de tal”. Ya estaba. Presentarse es una de esas cosas que parecen complicadísimas, pero que son fáciles en comparación con lo que viene después.

Saber irse ya es más complicado. Está al alcance de muy pocos. Sobre todo cuando la trayectoria es positiva. ¿Cómo saber cuándo terminar con algo bueno si precisamente es bueno? Saber cuándo hay que parar cuando todo va de cara es una gran virtud. Cuando le preguntaban a Billy Wilder por qué no dirigía más películas, él contaba el chiste de un tipo que va al médico y dice: “Doctor, no puedo mear”. Cuando le dice que tiene 95 años, el doctor le contesta: “Ya ha meado suficiente”.

Debería ser más fácil irse cuando las cosas van mal. Cuántos lunes fríos y lluviosos habremos pensado a las siete de la mañana en cambiar radicalmente nuestra vida. Siempre hay que tener un plan de fuga preparado, aunque no lo vayamos a cumplir. A veces, para levantarnos de la cama necesitamos pensar que un día remoto mandaremos el trabajo a tomar por culo y empezaremos una vida muy distinta a la actual, aunque luego al acostarnos nos parezca que las cosas no están tan mal. Sabemos que la vida es una autopista: normalmente vamos rectos, a veces hay alguna curva, llueve, nos quedamos atascados, nos ponemos a 120, echamos gasolina y hay algunas salidas, pero para seguir necesitamos saber que con un volantazo cambiaremos la trayectoria.

A Bartomeu le ha costado mucho irse. Ni cuando hizo bien las cosas (¿las hizo?) ni cuando las hizo mal, el ya expresidente pensó en dimitir. No sería descabellado que ni lo sopesara. Dimitió y ya está. Bartomeu parecía en los últimos años el capítulo en el que Homer Simpson se hace boxeador. No peleaba, ni tan siquiera contraatacaba ni defendía. Simplemente resistía y ganaba por cansancio. No costaba verle recostado en su butaca de piel, acariciando a un gato peludo mientras los problemas se criogenizaban. Recordaba a ese personaje de un cuento de Bioy Casares que recomienda a un amigo congelarse a lo Walt Disney. “Mi sistema reconoce base el principio irrefutable de que el tiempo lo arregla todo. En síntesis, yo a usted lo duermo y lo hielo. Cuando despierte -después de un sueñecito de cincuenta o cien años- la situación habrá evolucionado”.

Bartomeu necesitaba los problemas para vivir. Los acumulaba y después se quedaba parado esperando a que pasaran de largo. En una entrevista, Quim Monzó usó la figura de Don Tancredo para explicar la táctica de Mariano Rajoy. “En los toros, salía un personaje que se colocaba en medio de la plaza, vestido de blanco, con un gorro de arlequín. Entonces dejaban ir al toro. La gracia era que el toro no lo identificara como humano. Don Tancredo se quedaba como una estatua, y eso es lo que hace Rajoy, no enfrentarse nunca a nada y verlas venir”.

Bartomeu se despertó un día en medio de la plaza y tenía alrededor a Messi con un burofax, las cuentas en rojos, perfiles falsos de Twitter en contra de sus propios jugadores. Él seguía, y seguía, y seguía, como si dar un paso después de otro fuera la mayor victoria del día.  Lo hacía además con la misma sonrisa con la que llegaba un compañero de clase y decía que había suspendido siete.

Lo más barcelonista que hizo Bartomeu en los últimos tiempos fue contraprogramar al Madrid. Acabó siendo un villano de los de verdad, de los que creen que los malos son los demás. No defraudó ni en su despedida. Primero salió a probar el micrófono y se volvió a marchar. No aceptó preguntas, como si pudiera ponerse la capa invisible de Harry Potter. Y al final lo que dijo fue que el Bartomeu del lunes mentía. El hombre acostumbrado a negarlo todo negó hasta su propia dimisión para acabar dimitiendo. ¿Se llamará Josep Maria Bartomeu? Ojalá que no.

4 comments

Me encanta la cita de los domingos de Sergio Vazquez, siempre me saca una sonrisa a mitad de texto con cosas como : “Lo hacía además con la misma sonrisa con la que llegaba un compañero de clase y decía que había suspendido siete.” Un saludo y a seguir así, gracias por estos textos.

Siempre es un placer leerle. Bartomeu no ha sabido irse, ni transitar, casi que no supo empezar. Se ha convertido en un personaje detestable, solo baleado por la hinchada madridista que veía como el acorazado rival se hundía bajo las directrices de un capitán incapaz de guiar una simple patera. Su salida del fútbol es una noticia maravillosa para este deporte, pero sus últimos coletazos siguen trayendo la ruina al balón.

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