Sin abrazo de gol

Brookburn Road con las medidas preventivas del COVID-19. Foto: Xavi Heras.

Llegué tarde como suele ser habitual. Cuando el tranvía se acercaba a Wythensawe el partido ya había arrancado. Eran las once de la mañana. Comprenderán lo esporádico del horario, y también que cuando me puse a la cola en el bar del campo de los Ammies fuese con la intención de calentarme el gaznate y no de refrescármelo. Un té, por favor. Hubo besos y abrazos cuando por fin encontré a mi gente entre tanto groundhopper. Me gustaría decir que también los hubo cuando nuestro equipo empató aquel partido de la North West Counties Football League First Division South, pero no sucedió. Ni hubo empate ni hubo, obviamente, abrazo de gol.

Con el pitido final terminaban virtualmente también las opciones de que nuestro equipo ascendiese a la octava categoría del fútbol inglés. Lo lamentamos del mismo modo que celebramos muchos triunfos: con comida, con bebida, con canciones y con bailes. Siguió la noche pero no los recuerdos. El sábado se convirtió en domingo, y de la noche a la mañana nos quedamos sin fútbol, ni abrazos, ni comidas, ni bailes. Nos corrimos la última juerga de la temporada sin ser conscientes de ello. Alegres e inocentes.

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Seis meses más tarde volvimos a juntarnos. Se permitió la entrada de hasta 150 aficionados en primera instancia, y de hasta 300 personas semanas más tarde para todos los equipos por debajo de la séptima categoría del fútbol inglés. Brookburn Road, el campo de nuestro equipo, promedió una asistencia media de 296 espectadores la temporada pasada, superando los 400 en los días grandes. Un insulso amistoso contra el equipo reserva del Altrincham se convirtió, de repente, en uno de ellos. Hubo colas el pasado sábado para volver a ver a los nuestros en casa. Colas para entrar al campo del West Didsbury & Chorlton, lo nunca visto.

Fue una de las primeras veces que llegué puntual en medio año, aunque lo cierto es que no ha habido muchos sitios a los que llegar durante los últimos meses. Esto no evitó que esperando en la sombra que ofrecían los árboles a la entrada del campo empezaran los delirios. No se veía a mucha gente dentro pero me daba miedo que estuviese abarrotado, y viendo de reojo a los voluntarios tomando la temperatura al personal empecé a encontrarme mal aunque no tuviese ningún síntoma. A decir verdad, soy de los que acompaña a alguien al médico y le entra un ataque de hipocondría. Me pongo malo con solo pensar en ponerme malo. Me apuntaron en la frente con un termómetro con pinta de pistola táser y luego me dejaron pasar.

Estaba dentro y se adivinaban sonrisas bajo las mascarillas. Las arrugas que aparecían junto a los ojos delataban la alegría del rencuentro. Finally. Los saludos fueron torpes y monosilábicos al principio. Ah (esa mano), oh (ese abrazo), uh (esos besos). Las señales negras y amarillas no respondían a un ataque de nostalgia sobre The Haçienda sino que llamaban a mantener la alerta. Cuidado. Mantén la distancia. Dirección única. Aunque son directrices a las que me había acostumbrado, Brookburn Road es, precisamente, el sitio al que uno viene a despreocuparse. Me sentía contrariado. No nos juntamos en el bar a contarnos la semana, tampoco hubo rondas, ni pies. Entras, compras y sales.

No hay gradas como tal en el campo del West. Solo unos asientos en un fondo y una chapa metálica para resguardar a un puñado de aficionados en el otro. Y de nuevo la alerta, y dónde sentarse y dónde no. La desinhibición era peligrosa y la animación confusa. ¿Es recomendable cantar?, ¿Con mascarilla?, ¿Y si cantamos bajito?, ¿Cómo hacía el cántico a Matty Boland?, El nuevo tiene buena pinta, ¿qué le cantamos?

Un voluntario higieniza el Shed End de Brookburn Road.
Un voluntario higieniza el Shed End de Brookburn Road.

Después de mucho tiempo con la vida pausada en todos los sentidos, Sam Heathcote hizo que el corazón nos diera un vuelco, dos veces. Nuestro central de las últimas temporadas es ahora nuestro delantero centro, y justo cuando yo andaba argumentando sus puntos débiles en ataque, los desmontó plantándose frente al portero a los siete minutos y disparando ajustado como si llevase toda la vida haciéndolo. Primer vuelco. El segundo llegó con la celebración, cuando corrió a chocar las manos de los que nos apilábamos ordenadamente contra la zanja que nos separaba del campo de juego. Siempre con la gente aunque esta vez no tocaba. Culparemos a los automatismos. Nosotros hicimos la ola, pero hacia atrás en lugar de hacia arriba según avanzaba nuestro defensa reconvertido en 9. Apartándonos. Luego nos buscamos con la mirada. Sin abrazo de gol.

Pese a la sensación de vacío tras el tanto, lo pasamos en grande. No porque el partido fuese un espectáculo sino porque era simplemente eso, un partido. Y lo ganamos, aunque fue lo de menos. Volvimos. Daniel Gray cuenta en su libro Saturday, 3pm cómo la sensación de vacío que ofrece el parón veraniego entre temporadas da paso a un día de ilusión y esperanza, el que se anuncia el calendario del siguiente curso. La publicación del calendario es una reafirmación. Sí, vuelve el fútbol y la vida se retomará una vez más. Permitidme que no lo tenga tan claro en el caso que nos ocupa, aunque el partido en la Isla de Man a final de campaña lo sintamos como un posible premio a una temporada que puede ser aún más rara que la anterior, y si todo va bien. Tendremos que trabajar en equipo, sobre todo fuera del campo, para poder volver a celebrar los goles como toca, como se celebra la vida. Con besos y abrazos.

 

Fotos: Xavi Heras.

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2 comments

Ficción? Realidad? Ficción basada en realidad? Sea lo que sea me encanta esa magia que rodea tus artículos Xavi. Enhorabuena!

Por desgracia es realidad, Pablo. ¡Incluso que el mejor delantero del equipo haya jugado de central toda su vida! ¡Gracias por el comentario y disculpa el retraso en responder!

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