Soy malísimo

Lucas Moura of Tottenham Hotspur and Arthur Melo of FC Barcelona during the UEFA Champions League match at Wembley Stadium, London

Picture by Romena Fogliati/Focus Images Ltd 07576143919
03/10/2018

Una de las figuras más literarias del fútbol es la del entrenador interino. Tiene mucho de aquel profesor o profesora joven que sustituía por enfermedad al titular en medio del curso. Había veces que faltaba un profesor sólo un día y ponía a un parche -como sucede también en el fútbol- de otra asignatura que te dejaba adelantar los deberes. Pero de repente llegaba un día la directora y decía que el profesor de matemáticas no iba a volver y le reemplazaba esa persona que tenía a su lado, que hasta ese momento todos habíamos pensado que era un alumno nuevo. Ahí sentíamos lo mismo que los futbolistas cuando cambian de entrenador: la pereza por tener que ganarse de nuevo el puesto, el miedo a ir a peor con el cambio pero también una ligera esperanza de ser el rey del mambo. Además, hay que añadirle el componente hijoputa inherente a todos los niños. Lo más peligroso es que no tienen la personalidad formada y son de una forma o de otra en función de con quién estén.

Voro podría interpretar el papel de profesor sustituto. Se ha sustituido hasta su pelo. Ver a Voro en el banquillo es como llegar a casa después de un mal día y que te arropen. Volver empapado después de un chaparrón y meterse debajo de la ducha con agua hirviendo. Seguro que cuando le llamaron imitó al Señor Lobo cuando dijo: “Estoy a treinta minutos, llegaré en diez”. Además que el tío se llama Salvador.

Se puede llegar como Voro, justo para recoger los platos rotos después de una fiesta que no acabó bien, o como el nuevo Xavi, lo que le pasó a Arthur. Ya dije el otro día que todo lo que se llama ‘nuevo algo’ acaba sin parecerse en nada a eso. Pasa con Messi cada vez que aparece un buen jugador en un país exótico, que en cualquiera de las cinco grandes ligas sería charcutero y jugaría en regional sin cobrar un duro. El Messi jordano, el Messi uzbeko. Si hasta el otro día me enteré de que hay un Messi de la droga, que debe de tirar los fajos con rosca.

Es difícil diferenciar entre tener esperanzas y crearse unas expectativas, que siempre son exageradas porque se basan en algo que todavía no ha pasado y a lo mejor no pasa jamás. En un mundo ultracompetitivo, cada vez conjugamos con más ligereza las palabras ‘éxito’ y ‘fracaso’. Nos ha tocado vivir en la época en la que estar triste es estar deprimido y hay frases motivacionales -supongo que se llaman así porque motivan las ganas de pegarse un tiro- en sobres de azúcar. Todo se exagera todavía más en el fútbol, un universo paralelo en el que hoy vales y mañana ya no. Una trituradora de expectativas constante.

Hay dos formas de empezar en un sitio: diciendo que todo irá bien y todo irá a peor, o al revés, que entonces sólo puede mejorar. Aunque no se lo dijera a mis padres, empezaba las colecciones sabiendo que no las iba a acabar. Todos queremos gustar cuando llegamos a un sitio nuevo, por eso hacemos como el juego ‘el mentiroso’ pero sin cartas: a veces una verdad, a veces una mentira y cuela, a veces nos descubren y perdemos. Al final una frase muy manida en el fútbol nos sirve, como suele pasar, para la vida: la mejor virtud es conocer tus defectos. El día que logremos rebajar nuestras expectativas al nivel de nuestras aptitudes seremos mucho más felices. Son tiempos de construir una marca y de saber venderse. Entre que no lo acabo de ver claro y que tampoco sabría hacerlo, si fuera futbolista, en mi primera rueda de prensa diría que soy muy malo, pésimo, el peor, que se han equivocado conmigo y que no esperen nada de mí. Sólo así podría mejorar las expectativas.

Foto de portada: Romena Fogliati/Focus Images Ltd

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