Tres a cero

asiento-recurso Marcadorint

El césped brillaba y olía como un jardín recién regado. En nuestro estadio todos entramos por la misma puerta y hacemos el mismo recorrido. Acceso 10, Puerta 26. Es una especie de liturgia en la que todos formamos una fila, bajamos 15 escalones, entramos incluso al campo, pisamos y tocamos la hierba, volvemos a las gradas y cada uno se va a su asiento. Yo siempre lo recuerdo de esa forma. Mi padre me contó que un día unas fuertes rachas de viento dejaron inhabilitadas muchas entradas y todos tuvieron que entrar por esos acceso 10 y puerta 26, convertidos desde entonces en ritual. Ahora él ya no se acuerda, pero aquella vez nuestro equipo consiguió el ascenso.

Desde entonces se ha repetido la misma entrada aunque el campo esté en extraordinarias condiciones, que suele ser siempre. Nadie lo asentó, simplemente todos pensaron lo mismo. Si aquel día, que por primera vez hacían aquella entrada, les fue bien, ¿por qué no debían repetirlo? Las rutinas no hay que entenderlas, basta con cumplirlas. Todo me irá bien si pasa un coche amarillo; si meto el escupitajo en la rendija; si encesto la bola de papel en la papelera. Si, si, si. Condicionales tramposos. La vida es tan complicada y tiene tanta burocracia, que nos gustaría dejarla en manos de un simple gesto que ni tan siquiera dependiera de nosotros. Luego aparece un coche rojo, no entra el escupitajo y la bola de papel sale rozando la papelera, y nos alegramos de todas nuestras miserias.

Obviamente, el equipo perdió mucho desde que se implantó el ritual, pero ahora ya se ha quedado como un recuerdo de aquel ascenso, el último del equipo. Descensos ha habido unos cuantos. Pero esa forma de entrar al campo es como un trofeo en nuestras vitrinas. El equipo visitante mirando Google para descubrir por qué hacemos eso. El hijo, como el que yo fui, preguntándole al padre, como el que lo es el mío, por qué no nos vamos ya a nuestro asiento. El olor a césped mojado. El fútbol del presente dura 90 minutos, pero el del pasado puede ser eterno.

Santiago, mi vecino de asiento, había estado el día del ascenso pero nunca me lo había contado. Mi relación con él, si es que se le puede llamar así, empezaba y terminaba en cada partido. Nunca me había dirigido la palabra. Hasta hoy.

– ¿Sabes lo que es una putada? Ser más viejo que tu propio padre. Hoy hace 25 años que murió el mío, justo el día que cumplía 61. -Creí decir algo, pero por su reacción no acerté a articular palabra. – Yo cumplo los 61 la semana que viene -prosiguió en un tono cada más agresivo – ¿Sabes qué significa eso? Que de aquí a una semana seré más viejo de lo que fue mi padre. Hasta ahora tengo las mismas arrugas, estoy igual de calvo. Pero desde la semana que viene, si es que no me muero antes, seré más viejo que él. ¿No te parece eso un drama? Pues no vengas aquí a lamentarte de tu papaíto y déjame ver el partido, que es lo único que puedo hacer sin pensar en nada más.

No sé si fue una bronca o un consejo, pero a mí me ayudó. Santiago era de esas personas a las que la vida atropella. Intubado a una larga agonía que solo disimulaba con el fútbol, hablaba muy poco, apenas sentenciaba. Solo se lamentaba ante los goles recibidos. Los que marcábamos nosotros apenas los celebraba. Cuando Santiago empezó a sentarse a mi lado, le pregunté a mi padre si lo conocía. Me dijo que no, pero sabía que sus hijas y su mujer habían muerto en un accidente de tráfico. No era difícil imaginarse lo que pasaba por su cabeza: nada. Entendí al instante por qué no celebraba ni un gol de los nuestros. Nunca más iba a tener nada que celebrar.

Cada partido de las dos temporadas que llevaba a su lado le intentaba sacar tema de conversación. Temas banales o sobre el equipo, que venían a ser lo mismo. No se puede decir que sea yo la persona más elocuente, pero era curioso que ante personas abiertas me cerraba; y antes personas cerradas, me abría. Y Santiago era una caja fuerte. Al principio él intentaba quedar bien y dejaba escapar alguna coletilla o algún gesto comprensivo. Pronto cogió confianza y empezó a no emitir ningún tipo de respuesta. Yo creo que me acostumbré y a veces iba al campo como el que va al psicólogo. Le contaba mi día, mis planes para mañana y algún que otro problema secundario. Pero hoy me he excedido. Lo había intentado evitar por todos los medios, pero hoy le he hablado de mi padre.

Tiene mérito no haberlo hecho antes porque en ese mismo asiento donde ahora está Santiago, justo en esa fila y en esa butaca, en el minuto 65 de un partido que terminó con empate y la expulsión de nuestro entrenador, mi padre me dijo que le habían diagnosticado alzhéimer. Pronto dejó de venir al campo, no porque estuviera mal, sino porque me dijo que no quería esforzarse en vivir algo que se le iba a olvidar. Desde el primer día que no vino, Santiago aprovechó para adelantarse unas filas y ver mejor los partidos, aunque tuviera que aguantar mis peroratas.

El próximo domingo, la segunda parte

Foto de portada: MarcadorInt/T. Martínez.

4 comments

Este texto es conmovedor, más que hablar de fútbol, nos haces sentir. Y eso es mucho. Gracias y un abrazo más que nunca querido Sergio.

Me alegro de que te gustara también el texto de ficción, Juanan. Es difícil eso que dices de hacer sentir, así que te lo agradezco.

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