Cesarini y los fuciños

La afición del Newcastle United celebra un gol en la FA Cup en casa del West Bromwich Albion | Foto: Xavi Heras.

El tiempo añadido es como el túnel del terror: hay mucha prisa, nadie sabe exactamente lo que dura y aparecen todos tus miedos. Si vas perdiendo, te sueltan a la niña del exorcista y tienes que empezar a correr, sin pensar, solo corre, que te pillan. Si vas ganando, te plantan a Freddy Krueger delante. Basta una simple rebanada para quitártelo todo.

BeSoccer publicó hace unos días que de los casi 300 goles que se habían marcado en la liga hasta el inicio de esta jornada, 35 habían sido en el tiempo añadido, incluido el minuto 90. Es decir, más del diez por ciento de los goles han sucedido en los minutos finales. Es la primera temporada que se añade tanto tiempo por las pérdidas, unido a los cinco cambios, hace que los jugadores lleguen más frescos. A eso hay que añadirle que, tanto en el fútbol como en la vida, la esperanza es la mejor gasolina, la posibilidad del milagro dopa más que cualquier bebida isotónica.

Tú también esperas un gol en el tiempo añadido. Un gol de falta en el 92 y que te toque la lotería. Un remate en el primer palo en el 94 y que te salga bien la entrevista de trabajo. Los milagros, y por tanto la esperanza, tienen algo de perverso. Te dicen que siempre es posible conseguirlo, que no importa lo poco que quede, que da igual lo imposible que parezca. Los milagros son la inverosimilitud más sencilla. Ni siquiera te piden que hagas nada. Para que pase un milagro no hace falta nada. Tiene que pasar y ya. Lo esperas como estrellas fugaces, aunque casi no se dejen ver. Lo escribió mejor Villoro: “Los milagros del fútbol ocurren de tanto en tanto, pero no dejamos de aguardarlos”.

Crees en el milagro, no tanto porque haya sucedido, sino porque también te lo han quitado todo más allá del minuto 90, que es como las seis de la mañana en las discotecas: puede pasar de todo. En la rueda de prensa previa al Valencia-Deportivo del penalti de Djukic, ante el fervor generalizado que se vivía en la ciudad, Arsenio Iglesias dijo: “Cuidado con la fiesta que nos la quitan de los fuciños”. Nunca un apellido estuvo tan puesto, porque lo que dice Arsenio Iglesias debería ir a misa.

Imagen de portada: Xavi Heras.

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