Conducir con los ojos cerrados

Adama Traore of Wolverhampton Wanderers during the UEFA Europa League match at Molineux, Wolverhampton
Picture by Will Kilpatrick/Focus Images Ltd 07964 414368
15/08/2019

Van corriendo a todas partes, son descarados, no tienen vergüenza y viven pegados a la línea. Podrían ser los millenials, pero son los extremos. Jugadores de otra época en tiempos de especulación. La improvisación y el verso libre, el taladro que perfora la madera del equilibrio. La línea de tres mediapuntas, en la que al final ninguno es mediapunta, estuvo a punto de extinguir al extremo. Pero ellos siempre sobreviven. Están acostumbrados a hacerlo. Que se lo digan si no a Morales, que cuando empieza a correr le sale una joroba, como si llevara una mochila con un kit de supervivencia. Antes estaba Capel, que esprintaba como si fuera a comerse el suelo. Lo único que no me gusta de los extremos es que siempre tienen prisa, como los primeros pasajeros que se ponen en la cola del avión. Normalmente la gente que tiene mucha prisa luego no sabe qué hacer con el tiempo.

Conviene detenerse en los extremos porque ellos nunca lo hacen. Cabalgan descalzos en una arena ardiente. Corren como si huyeran de algo, como si detrás tuvieran un incendio, un tornado o el mismísimo fin del mundo. Futbolistas con patines que hacen gripar a los extremos. Pueden hacer saltar un partido por los aires. De los extremos me sorprende que corren más con el balón que sin él. “Deciden mal”, se dice de ellos. No tiene que ser fácil correr sin norte, salir de tranquis y luego ya vemos. Subir la banda es como irse de Erasmus: sabes que tarde o temprano tienes que volver pero quieres alargar la fiesta lo máximo posible.

Los extremos tienen fe. Onetti escribió en Dejemos hablar al viento que metía en el mismo saco a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas, es decir, a cualquiera que tuviera fe. “Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre”, opinaba el argentino. La fe obliga al movimiento, y los extremos no están quietos nunca. Como decía el escritor Don DeLillo, los no creyentes siempre necesitamos que alguien crea, que se levante las mañanas y clave las rodillas en el suelo. Que, al fin y al cabo, recen por nosotros, porque no creemos en nada, pero algo hay.

Raheem Sterling of Manchester City pushes forward during the UEFA Champions League match at the Etihad Stadium, Manchester Picture by Matt Wilkinson/Focus Images Ltd 07814 960751 01/10/2019
“Los extremos tienen fe”. Foto: Focus Images Ltd.

Cada vez que veo a Adama Traoré subir la banda me viene a la cabeza la imagen de Uma Thurman, sin esperanza pero con convicción, rendida pero entregada, intentando salir de un ataúd enterrado a muchísimos metros bajo tierra. Pedirle a un extremo que no vaya hacia delante es pedirle a un escritor que no escriba, quien se convierte automáticamente, como decía Kafka, en un monstruo que merodea la locura. Hubo una época en argentina en que llamaban igual a todos los extremos: El Loco. A Joaquin Phoenix, que si fuera futbolista sería Guti, le dicen en Joker que en el manicomio están los que han matado, los locos y los que no saben dónde ir. A los extremos les llaman locos cuando quieren decir que pilotan un barco sin timón, que se guían por una brújula sin norte. Un Ferrari sin volante. En un perfil que escribió Leontxo García sobre Magnus Carlsen hace unos años, un psiquiatra islandés intentaba lo imposible, esto es, encerrar la locura con palabras: “Las personas normales pensamos casi siempre dentro de una caja, con unos límites. Los genios salen a menudo de esa caja, y entonces producen genialidades. Pero a veces no saben volver, y a eso lo llamamos locura”. Claro que no hay nada más subjetivo que la locura. “Los locos son otros, los locos son ellos”, que canta La M.O.D.A.

Todo va muy rápido en el pasado. Los capítulos de nuestra vida que ya han acabado van a toda velocidad, nos quedamos con ganas de más, no vimos llegar el final. Imaginen que esa sensación de tiempo que se esfuma es constante. Eso es lo que le pasa a los extremos, que viven la vida a dos velocidades: la suya -endiablada- y la de los demás. Como esa escena de Interstellar, una de mis favoritas del cine, en la que Matthew McConaughey ve desde el espacio cómo sus hijos han crecido mucho, han formado una familia y ya no le necesitan, mientras él apenas ha envejecido unos días. No extrañaría que en su casa los extremos tengan un reloj sin agujas como el que tenía Baudelaire, al que le acompañaba una inscripción: “Es más tarde de lo que crees”.

Ser extremo es no tener freno de mano, conducir por una carretera sin quitamiedos. Por algo se dice que suben el carril, pero nadie les ha dicho que tengan límite de velocidad. Cuando veo a un extremo siempre me acuerdo del mejor pasaje de Ruido de fondo. El protagonista explica un particular reto: conducir con los ojos cerrados. “Una vez cerré los ojos en la 95 Norte durante ochos segundos seguidos, mi mejor marca hasta el momento”, aseguraba el protagonista, que establecía su récord con acompañante en cinco segundos: “Basta esperar a que se me amodorren”. El extremo es el último que se duerme. El que apaga la luz.

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4 comments

De verdad que los extremos parecen una especie en extinción, sobre todo los que juegan a pie natural. Es un alivio a la vez que un halo de esperanza verlos encarar una y otra vez para intentar romper esos partidos cerrados.
Como siempre Sergio, evocador y genial.
Gracias.

Como echo de menos a ese Figo, a ese Vicente Rodríguez , a ese Duff o a ese Overmars encarando una y otra vez, saliendo a toda velocidad mezclando amagues con fintas, sacando centros desde el pico del área o desde la línea de fondo y siempre buscando a un delantero que ganara la batalla a los centrales y pudiera cazar el centro para rematar en el punto de penalti. En definitiva, haciendo de extremos a pie natural.

¿Marcar goles? El extremo que desbordara y sacara centros, eso era lo importante en el fútbol de hace unas décadas.

Ahora en este nuevo fútbol los extremos tiene que tener gol, si no, es primordial que sepan defender pues acaban reconvertidos en carrileros o laterales, como le ha pasado a uno de los pocos extremos puros que quedan en el fútbol español. Jesús Navas hoy día hace lo mismo que hacía hace una década solo que partiendo desde el lateral.

La evolución de la posición del extremo.

David, muchas gracias por la lectura y el comentario. Totalmente acertado lo que dices. Más especulación y más miedo a equivocarse.

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