Echar de más

recurso barro balón MarcadorInt/TM23

El lunes, Premier League y Serie A. Martes, miércoles y jueves, competiciones europeas y Segunda División. Viernes, sábado y domingo, ligas nacionales. Supongo que esta semana hemos estado de enhorabuena, también cuando el CSD permitió que hubiera fútbol todos los días, lo que ha tumbado de nuevo un juez. Fuimos felices durante unas horas en las que creímos que la pelota rodaría todos los días. Era lo que habíamos querido siempre, pero hay que ir con cuidado con lo que deseamos. Desear que haya fútbol todos los días es como desear comer pizza todos los días. Al tercero, nos podemos cansar.

Ahora todo es fast food. Hay algo peor que echar de menos a alguien o algo: echarlo de más, empacharse. Es fruto de los tiempos que vivimos, en los que hay que hacerlo todo y muy rápido. Sabemos de todo, pero no nos enteramos de nada. Leer un titular, empezar un libro, ver una serie a 1.5 o 1.75, una opción que Netflix llama speed-watching. “La ambición de quererlo todo y ya mismo, de que no se nos escape nada, la necesidad de decir que nosotros también sabemos, que también estuvimos ahí. Una aceleración constante que le quita sentido a todo, también al entretenimiento”, analizaba con acierto Laura Ferrero en El País. Siempre tenemos mucha prisa. Basta con ir a un aeropuerto y observar, hasta con cierto encanto, a los que se ponen los primeros en la fila y después cogen la maleta nada más aterrizar.

“Me aburro viendo fútbol”, declaró esta semana a Marca Angeliño, jugador del RB Leipzig. Es algo que podríamos decir perfectamente nosotros al quinto o sexto partido de la semana, cuando ya estamos más pendientes de otra pantalla, la del móvil. Ya nunca hacemos solo una cosa. Está bien que nos llamen consumidores porque siempre tenemos algo que llevarnos a la boca, normalmente un partido de fútbol. A veces echo de menos entender la semana futbolística como lo hacía el poeta Karmelo C. Iribarren con la vida: “Los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes son la vida. Los sábados no son más que una efímera ilusión. Y los domingos nos sirven para encajar todo esto”.

Me siento más cómodo en el tópico de las pequeñas cosas que en buscar la felicidad en la grandes. Seguramente sea porque es más fácil oler el café el domingo por la mañana que alcanzar no sé qué objetivo. Vamos por la vida con un termómetro de la felicidad sin saber cuál es la unidad de medida. A mí me gusta pensar que los días más felices acaban siendo los que miramos poco el móvil, y eso se consigue con pequeñas victorias.

Y la pregunta del millón ¿cuánto dura la felicidad? Por mucho que nos empeñemos, me temo que no dura noventa minutos. La vida es una canción en la discoteca, que nos sabemos y le pedimos al DJ para bailar con nuestros amigos, hasta que llega el punto álgido. Y la felicidad dura un estribillo.

Foto de portada: MarcadorInt/T. Martínez

2 comments

Absolutamente sensacional. Otro de esos artículos que llegan especialmente, en este caso por la cantidad de verdad que arroja. De verdad, es un auténtico placer leerte Sergio. Esos pequeños placeres que mencionas, como el café, una canción, o que sé yo, leer un poema o pasear por el campo dan el verdadero sentido a estos días rápidos en que vivimos. Y leerte, es otro de ellos para mí. Enhorabuena.
Un fuerte abrazo.

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