Flor de un día

Ansu Fati marcó los dos goles del Barça. Foto: Ester Roig Luque (Todos los derechos reservados).

Ansu Fati nos ha enamorado. Vinicius nos cansa. Odegaard nos vuelve a encandilar.

El primero está en la adolescencia, ese tiempo de descuento de la infancia donde todo es ficticio. Lo hace todo a una velocidad pasmosa, como si lo que corriera en el campo equivaliera a lo que quiere correr fuera de él. Con el balón no se hace demasiadas preguntas porque con 16 años todavía te fías de la vida. Ansu Fati está en esa edad en la que nos parecía la leche ser socorrista o monitor en un parque de atracciones simplemente porque había una piscina o una montaña rusa, cuando en realidad lo único que hacen es ver sufrir o disfrutar a la gente. Más o menos como el periodismo deportivo.

Vinicius se está haciendo adulto. Se empieza a dar cuenta de que la vida pocas veces cumple sus promesas. Que a veces es un flechazo y ya. En el fútbol, como en la vida y en el amor, la rutina es lo más importante. Sergi Pàmies dice que frases como “se ha acabado el Fairy” o “tendrías que llamar para cambiar la hora del dentista” son fundamentales para la supervivencia. De ser un jugador dicharachero y recreativo, efervescente y en constante ebullición, ha pasado a mostrar su deambular cachazudo. Lo único que hace el brasileño es algo que todos hemos hecho con 19 años, incluso con algunos más: dudar de todo. Vinicius además tiene un problema añadido en el juego. De momento solo es útil en una banda. Le ha pasado como a los políticos: cuando se ha visto que es de izquierdas ha dejado de interesar.

El mejor caso es el de Odegaard, porque ahora es Odegaard pero ya ha sido Ansu Fati y Vinicius. Ha sido el nuevo Balón de Oro y un juguete roto. Ha sido Bojan y Haimar Zubeldia. El exciclista dijo una frase que me encantaría leer en una libreta de Mr. Wonderful: “De joven desperté expectativas y hasta llegué a creerme algo, pero no”. Nunca sabemos qué pasado nos espera.

Odegaard es Odegaard ahora, pero ha sido Ansu Fati y Vinicius. Foto: Focus Images Ltd.
Odegaard ‘ya ha sido’ Ansu Fati y Vinicius. Foto: Focus Images Ltd.

De aquí a unos años, el gol de Ansu Fati en el Sadar puede ser el primero de una meteórica carrera o el único de un jugador al que le cayó un meteorito encima. Con ironía, que es la mejor forma de criticar, un excelente vídeo de El Día Después proponía que Ansu Fati convocara una rueda de prensa en la que anunciara su retirada, desapareciera del mapa y muchos años después fuera el protagonista de un Informe Robinson para ser conocido como el futbolista que pudo ser leyenda pero prefirió comer pizza y jugar a la play.

Siempre he pensado que el jugador más joven y el más viejo de la plantilla son los más peligrosos. Uno quiere arrasar con todo y triunfar hoy antes que mañana, y el otro quiere sobrevivir como sea antes de pasar a otra vida. El fútbol es como la droga. Al principio es excitante. Y al final, cuanto menos queda, más nerviosismo provoca. El síndrome de abstinencia tiene que ser devastador y la única metadona posible es comentar partidos.

Decía Vázquez Montalbán que a los 40 años uno ya es responsable de su cara. Diego Gándara cita en Movimiento Único un consejo de un escritor: hasta los 40 años no se puede escribir una buena novela, lo cual es un gran consuelo para los que queremos hacerlo. Provoca escalofríos pensar que a los 40 años a un futbolista ya hay que ponerle el ‘ex’ delante. Tenemos un problema con la concepción de la edad de los jugadores porque olvidamos que condensan su vida en poco más de 20 años. Con 16 son unos bebés y con 38 están en fase terminal.

Se nota que no calibramos bien con las jóvenes promesas. Creemos que viven su carrera en unos meses. Fascinan y se hunden con 18 años y nosotros ya estamos listos para que pase el siguiente. El fútbol es una trituradora, un programa de talentos que pasa a la siguiente ronda al que le gusta y fulmina al que no. Hay que sacar conclusiones a cada momento, lo que no permite uno de los mayores lujos y hasta obligaciones: contradecirse. El fútbol, como Tokio ya no nos quiere, no tiene memoria. Ray Loriga escribió en ese libro una de las mejores frases que he leído nunca: “La memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier otra cosa”. Probad a cambiar la palabra memoria por fútbol.

Foto de portada: Ester Roig Luque/MarcadorInt (Todos los derechos reservados).

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