Fábio Júnior, exfutbolista de Al-Ahly: “Nunca había visto tantos muertos como en Port Said”

Aficionados del Al-Ahly en las gradas. Foto: Saiflee100 bajo licencia Creative Commons 4.0

Desde el quintal de su casa en el Sertão brasileño se escucha el canto de los pájaros, pero hace nueve años él escuchaba el estallido de las bombas. Y es que Fábio Júnior dos Santos (Nossa Senhora da Glória, 1982) vivió uno de los días más trágicos en la historia del fútbol. En primera persona.

El 1 de febrero del 2012 es una de esas fechas que será recordada por la eternidad. “Antes del partido vi que algo no estaba bien”, dice Fábio Júnior, el único extranjero del Al-Ahly en el partido contra el Al-Masry en esa infame noche en el Estadio de Puerto Saíd, en Egipto. En la jornada 17 de la liga egipcia, el Al-Ahly se fue a Puerto Saíd, esa ciudad en el norte del país, a 200 kilómetros de El Cairo, que hasta ese momento era conocida por ser el acceso al canal del Suez, y que ahora estará para siempre empañada como la ciudad de la Tragedia de Puerto Saíd.

“La mayoría de los expertos en la Primavera Árabe en Egipto están de acuerdo de que sin los hinchas del Al Ahly, Mubarak no habría sido derribado en ese momento”.

“Yo vi que iba a pasar algo. En realidad, lo sentí. En el calentamiento pasaba algo raro. Nosotros calentábamos y la hinchada lanzaba cohetes a nuestro lado, explotaban en nuestros oídos. Pero eso no me debilitó, porque un jugador profesional tiene que ser fuerte en todo momento”. Fábio realmente no sintió la presión: en el minuto 13 del partido marcó el 0-1. El delantero brasileño no habla inglés, quizás por eso no se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder se encontraba anunciado en una pancarta colgada en las gradas, para que todos vieran: We are going to kill you all”. Os vamos a matar a todos.

Aficionados de Egipto en las gradas de un partido de la selección. Foto: David Horn/Focus Images Ltd
Aficionados de Egipto en las gradas de un partido de la selección. Foto: David Horn/Focus Images Ltd

“Cuando marqué el segundo, en una jugada legal, y el árbitro no lo concedió, ya vi algo extraño. El árbitro estaba mal intencionado.” En la segunda parte, el Al-Masry remontó el partido y terminó ganando por 3-1. Cuando el colegiado pitó el final del encuentro, comenzó la salvajería. “Invadieron el campo, tenían armas blancas, porras, barras de hierro”, recuerda. “Cuando vi a esa multitud venir a mi lado… Vi a los jugadores de mi equipo corriendo y los seguí. Entramos en el vestuario por una puerta pequeña, solo cabía uno a la vez. Entraban cinco, todos apretados. Nunca había visto algo así”. Pero Fábio Júnior todavía no había visto nada. Cuando los jugadores ya estaban en el vestuario, sin entender muy bien lo que pasaba, empezaron a entrar hinchas del Al-Ahly, desesperados. “Nunca había visto tanta gente muerta frente a mí como en ese día. Los hinchas llegaban al vestuario y morían allí, en mi frente. Yo giraba la cara para no ver”, recuerda Fábio del día que cambió su vida y la de millones de egipcios.

El Al-Ahly es una institución nacional. Es el club más laureado del continente, y según estimaciones tiene 25 millones de aficionados en Egipto. Contrariamente a su rival, el Zamalek, que representa la élite económica del país, El Gigante Rojo es el club del pueblo. Y el inicio de la última década fue uno de los períodos de mayor agitación social en Egipto. Los años de la Primavera Árabe, de las insurrecciones populares que terminaron con la salida forzada de Hosni Mubarak -el dictador que estaba en el poder desde 1981- en 2011. Una sección de los hinchas del Al-Ahly fue fundamental en el proceso: los altamente politizados Ultras Ahlawy. A pesar de la intensa rivalidad futbolística, los hinchas del Zamalek también se juntaron y participaron en las protestas contra la dictadura, y, unidos, se enfrentaron a las fuerzas de represión del gobierno egipcio. “La mayoría de los expertos en la Primavera Árabe en Egipto están de acuerdo de que sin los hinchas del Al Ahly, Mubarak no habría sido derribado en ese momento”, escribió Olaf Jansen. Un evento trascendental cumpliría un año exactamente en el día siguiente al partido entre Al-Masry y Al-Ahly: “La Batalla del Camello”. Cuando manifestantes se reunieron en la plaza Tahrir en el centro de El Cairo y fueron confrontados por hombres fuertemente armados montados en camellos, lo que fue visto como un intento de la alta jerarquía del estado para controlar y propagar el miedo en la población. Pero allí estaban los ultras del Al-Ahly, en el medio de piedras y bombas de gasolina, haciendo que los partidarios de Mubarak retrocedieran, en lo que fue, según el New York Times, “un punto de inflexión en la revuelta egipcia”.

Se cree que la Tragedia de Puerto Saíd fue una venganza de las fuerzas de represión contra la humillación que sufrieron en 2011, cuando los Ultras Ahlawy batallaron ferozmente contra la policía. “Ya estaba programado que lo hicieran contra la afición del Al-Ahly”, dice Fábio Júnior, que no es el único protagonista del partido en afirmarlo. “Había un aparato policial increíble y entraron con una facilidad impresionante Nadie movió un dedo. Después del partido, desaparecieron todos”, dijo en 2015 Manuel José, el entrenador portugués que ganó seis veces la liga egipcia y cuatro veces la CAF Champions League con el Al-Ahly. Cuando terminó el partido empezaron los enfrentamientos. La policía no hizo nada. Es más, apagaron las luces del estadio y soldaron las puertas, entregando los Ultras Ahlawy a la muerte. Ellos fueron perseguidos, apuñalados, apedreados, estrangulados y tirados de las tribunas de Puerto Said. “No sucedió por accidente, todo fue pensado. Fue un asesinato”, completó Manuel José. Murieron 74 personas –la mayoría tenía entre 13 y 20 años- y más de 500 fueron heridos. Se terminó la liga. Se terminaron las carreras de muchos de los jugadores que estaban allí. Se terminaron las vidas de decenas de jóvenes que salieron de sus casas para ver un partido de fútbol.

“Nunca había visto tanta gente muerta frente a mí como en ese día. Los hinchas llegaban al vestuario y morían allí, en mi frente. Yo giraba la cara para no ver”.

“Nos quedamos cinco horas en el vestuario. Mi esposa estaba desesperada, estaba viendo todo por la televisión y pensó que yo había muerto”, recuerda Fábio Júnior. Fueron las cinco horas más largas de su vida, un sentimiento de terror y pánico que ningún ser humano está preparado para soportar. “Un jugador profesional tiene que ser fuerte en todo momento” había pensado Fábio en el calentamiento; después de ese partido muchos de ellos dejaron el fútbol. Los tres internacionales egipcios Mohamed Aboutrika, Mohamed Barakat y Emad Moteab anunciaron su retirada, aunque en el futuro volvieron a jugar. Fábio Júnior se quedó algunos meses más en Egipto y luego volvió a Brasil. Con 29 años ya no podía jugar al fútbol. “Yo paré. Quería quedarme con mi familia, estaba traumatizado por las escenas. A veces arriesgas tu vida y no vale la pena”, su voz cada vez más retraída, a medida que se acordaba de los detalles. “El ser humano… pasar por lo que pasó”, reflexionaba Fábio, con dificultad para encontrar palabras que expresaran su sentimiento. “La aflicción… Viendo esas escenas… Lo que pasé allí, no quiero volver a pasarlo nunca en mi vida”.

Aficionados de Egipto durante un partido de la selección nacional. Foto: David Horn/Focus Images Ltd
Egipto se clasificó al último Mundial celebrado en Rusia. Foto: David Horn/Focus Images Ltd

Uno de los recuerdos más fuertes que tiene Fábio fue durante la salida del estadio. “Llegaron tanques de guerra. Era la primera vez que entraba en un tanque de guerra, eran cinco jugadores a la vez. Todos los soldados iban armados con fusiles en el alto. Cuando entré en el tanque, me dije: ‘es la guerra, ahora es todo o nada”. Tal vez suena increíble, pero Fabío tuvo más miedo al salir de estadio que durante todo lo que pasó dentro. “En este momento estás paralizado, sin entender… solo después me di cuenta. Pero para entrar en el tanque tuve miedo, nunca había entrado en uno, me quedé traumatizado”.

A pesar de las memorias que le persiguen hasta hoy, el brasileño reconoce el lado positivo de la experiencia que tuvo en el Al-Ahly, que también le dejó buenos recuerdos. “No me arrepiento. Agradezco lo que Dios me dio. Los hinchas son fanáticos, me trataron como un rey. Y mira que marqué pocos goles.” Fábio Júnior nació en el interior del estado de Sergipe, en el Sertão, esa región pobre de Brasil de clima extremo. Un desierto donde mucha gente no tiene de comer, pero gracias al fútbol, pudo conocer el mundo. Jugó en diversos equipos brasileños, incluso en el club que ama: el Flamengo. Pasó por el Chunnam Dragons surcoreano, por el Lorca, el Hércules y el Real Madrid Castilla en España, y por el Naval 1º de Maio, en Portugal, donde destacó. “Marqué contra Benfica, Sporting y Braga. Mi agente tenía contacto con Manuel José y le envió mis vídeos, le gustaron a él y al presidente, y enseguida viajé a Egipto”.

La selección de egipto, durante un partido amistoso. Foto: David Horn/Focus Images Ltd
La selección de Egipto, durante un partido amistoso. Foto: David Horn/Focus Images Ltd

Al brasileño le impresionó la pobreza en El Cairo. “Era pobre, mucho más pobre que Brasil. Había muchos mendigos. Eso nunca abandona mi memoria. Veía a los mendigos sentados en el suelo. Yo caminaba por la calle y veía a esas personas allí, me partía el corazón. Cuando iba a entrenar, lo hacía a pie porque el estadio estaba muy cerca. Pasaba por la panadería y les compraba algo de comer. Estaban durmiendo, yo les dejaba la bolsa ahí y me iba, para que cuando se despertaran tuvieran algo para comer”, recuerda Fábio, que, pese a no hablar ni una palabra de árabe ni de inglés, hizo amigos en Egipto. “Me dieron mucho cariño. Los hinchas y mis compañeros me recibieron muy bien. Aboutrika, Barakat, Gomaa, Ghaly, siempre me trataron muy bien”. Fábio habla con especial afición de Mohamed Aboutrika, uno de los mayores futbolistas de la historia del futbol africano. “Él era un rey allí, un Dios para ellos. Ayudó a las familias de las víctimas. Tiene un corazón enorme. Me invitó a una cena en su casa, casa no, mansión”, reconoce con humor. “Fueron todos los jugadores del equipo, y el intérprete, así que yo podía hablar con ellos. Hicimos una buena amistad”. Fábio también menciona con cariño a Manuel José, el entrenador portugués responsable de su fichaje. “Sabe tratar a un jugador profesional como nadie. Como el intérprete no estaba siempre conmigo yo salía con Manuel y los miembros del cuerpo técnico, cenábamos todos juntos. Cuando mi hijo nació en Brasil me dijo que fuera a visitarlo”, rememora el brasileño.

El Al-Ahly es una institución nacional. Es el club más laureado del continente y tiene 25 millones de aficionados en Egipto.

Y cuando Manuel se fue del Ah-Ahly, en mayo del 2012, Fábio decidió irse también. “Tenía 3 años de contrato, pero solo estuve un año y medio allí. Mi madre se quedó traumatizada. Manuel se fue. Dije que me iba y terminé el contrato, regresé a Brasil”. Allí se quedó, sin jugar, pero cerca de los suyos. “Abrí un pequeño restaurante, al final no funcionó”, dice Fábio, que en 2019, después de siete años distante del fútbol, tomó una decisión importante. Tras tanto tiempo cerca de la familia y lejos de los terrenos de juego se sintió listo para volver, con 36 años. “Vi que tenía capacidad. Me dije: tengo salud, vuelvo entonces. Al menos estaré pagando las cuentas, no estaré gastando lo que tengo”. Volvió al Campinense de Paraíba, club donde es ídolo y que juega la Série D del Brasileirão. Ahora con 38 años y libre en el mercado, espera acabar su carrera en el Campinense, pero no descarta otra aventura. “Pretendo volver, pero depende de ellos. ¿Y si me llama un equipo español, para terminar este resto de experiencia?”, dice medio en broma, medio en serio.

Al final, Fábio Júnior parece haber superado todo lo que pasó en ese fatídico 2 de febrero del 2012. Eso sí, las memorias se quedarán para siempre con él. Según el diario egípcio Al-Ahram, “73 personas, incluidos nueve agentes de la policía, fueron acusados de los homicidios de los 74 aficionados del Al-Ahly”. De esos, once fueron condenados a la pena de muerte, a uno de ellos, in absentia, se le ordenó un nuevo juicio. De los otros 62, diez recibieron una sentencia de 15 años, 15 recibieron sentencias de diez años, y otros 15 recibieron sentencias de cinco años, incluyendo dos agentes. Uno recibió una sentencia de un año, y 21 acusados –incluyendo siete agentes- fueron absueltos.

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Desde ese día, el Al-Ahly lleva consigo el honor de representar a sus jóvenes y apasionados hinchas, asesinados en lo que debería haber sido solo un partido de fútbol. El jueves, el Al-Ahly jugará en el Mundial de Clubes de la FIFA contra el Al-Duhail, en un estadio medio vacío. Pero lo que fue una novedad para casi todo el mundo en 2020 a causa de la pandemia, para ellos es algo habitual, ya que desde la Tragedia de Puerto Saíd la presencia de publico en los estados en Egipto es prácticamente nula.

Pero los millones de calurosos hinchas del Al-Ahly seguirán atentos, a través de sus televisores, al debut de su equipo en el Mundial. Uno de ellos estará a miles de kilómetros de distancia, en Nossa Senhora da Glória. “Por todo el cariño que me dieron es claro que les apoyaré”, dice Fábio Júnior.

“Para siempre”.

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Foto de portada: Saiflee100 bajo licencia Creative Commons 4.0.

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2 comments

¡Gran artículo Lucas! Muy interesante rememorar aquella carnicería a través de uno de los jugadores que estaban aquel día en Port Said. Es reproducir el vídeo y se me ponen los pelos de punta de pensar lo que se debió sufrir allí aquel día…

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