Llega el gol y vos te ganaste la vida

La afición local terminó festejando el gol del propio Bohar, ya cuando todo apuntaba al 0-0

El gol es como el dinero: lo valoras de verdad cuando no lo tienes. El gol es el Tribunal Supremo: dicta sentencia aunque no siempre sea comprensible. El gol es el polígrafo: te da la razón o te la quita. El gol es un final explosivo en una película que ni fu ni fa. El gol es la verdad en un deporte de mentiras. El gol es la única certeza en un mundo de incertidumbres.

El fútbol es una subordinada que solo en el gol encuentra el punto final. Imagina una frase que no tuviera puntos, que buscara siempre retorcerse, para justificarse, o porque no encuentra la forma de terminar y fuera enlazando pronombres relativos, verbos poco certeros, adjetivos sobrantes. Eso es un partido sin goles. Solo hay que ver al Barça de Xavi contra el Espanyol o el Benfica. Sería algo parecido a aquello que dijo una vez Maradona: “Llegar al área rival y no patear al arco es como bailar con tu hermana”. No sirve de nada acariciar el gol. Hay que agarrarlo de la pechera.

No hay problema que no solucione un gol. Es el paracetamol, el ibuprofeno, el nolotil. La morfina, incluso. De cabeza, con la puntera, hasta en propia, un gol tan extraño que nadie sabe a quién abrazar cuando ocurre. El gol es la mejor vacuna mientras todo lo demás está en cuarentena. Un gol te excita y te revive. También puede aturdirte, incluso matarte. Y perseguirlo sin éxito te mete en un laberinto sin salida. El gol es retorcido y anticapitalista, porque huye del si quieres puedes. El gol no se merece. El gol demuestra, como en la vida, que en cualquier acontecimiento la suerte es el factor más importante.

El VAR nos ha quitado mucho. Se ha llevado los mejores goles: los ilegales. Marcar un gol en fuera de juego era ver las luces azules de la policía y que no te pararan. Marcar un gol con la mano era llegar borrachísimo a casa, andar por el pasillo de puntillas y meterte en la cama sin que tus padres se enteraran. Marcar un gol de penalti injusto era colarte en el metro y que no te pillaran. Ese tipo de ilegalidades que te hacen sentirte tan bien y que necesitas para comprobar que no eres un santo, que eres imperfecto. Que también te va la marcha.

Luego estaban los goles fantasma. Los que no entraban y el árbitro daba por buenos o, los mejores, los que rebasaban la línea pero no subían al marcador. Eran goles que sí pero no, goles que podían ser, goles que pertenecían al limbo. Estaba bien puesto lo de goles fantasma, también se dice que este jugador está maldito o que está tocado por la varita divina. El gol tiene algo de esotérico, casi de exorcismo, como si alguien echara las cartas y tú estuvieras esperando solo la de la pelota dentro de la portería. Ya lo escribió Piglia: “Esperamos ese momento que no llega nunca. Estás atento a la epifanía del gol. No pasa nada en noventa minutos y de repente, llega el gol y vos te ganaste la vida”.

Imagen de portada: Edu Ferrer Alcover.

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