Los que molan

Mesut Özil puso el balón del autogol de Wimmer. Foto: Focus Images Ltd.

Me contradigo constantemente. En invierno me gustaría que fuera verano y en verano, sin vacaciones mediante, me encantaría volver al invierno. Admiro a la gente que afirma con rotundidad que le gusta más una estación que otra. Yo a duras penas sé cuándo hay que pasarse a los calcetines largos y dejar los tobilleros. Si tengo hambre me encantaría estar lleno y cuando me va a explotar la barriga querría tener hueco en el estómago. Cuando conduzco miro mal a los peatones que apuran al semáforo y cuando ando miro mal a los coches que pasan en ámbar. En este estado de psicosis que se vive ante la duda o el desconocimiento -parece un pecado decir “no lo sé”- contradecirse es algo natural y sanísimo. Cómo no vamos a llevarnos la contraria si vivimos en una contradicción temporal constante: la vida va muy deprisa y el día, muy despacio.

En el fútbol pasa lo mismo. No sabemos si nos gusta más el esfuerzo sin talento o el talento sin esfuerzo, las carreras de Lucas Vázquez o las asistencias de Özil. Los mediapuntas tienen mucha culpa. Alejandro Oliva dice que ahora los chavales quieren ser mediapuntas antes que futbolistas. Ninguna posición provoca tanta bipolaridad en los aficionados. Les amamos y les odiamos a la vez. Nos gustaría que corrieran más y que fueran los primeros en la presión pero, qué carajo, ellos son así y si nos gustan es porque nos permiten defender lo que no somos en la realidad. Para madrugar, trabajar y sufrir ya estamos nosotros. A los mediapuntas dejémosles disfrutar.

Ningún ’10’ como Riquelme, que no contento con hablar con la pelota ahora lo hace con el micrófono: “Me sorprende porque los futbolistas ponen ‘me voy a la siesta’, y luego ponen ‘me acabo de levantar de la siesta ahora estoy merendando’. ¿Qué es esto? Nadie pone nada de fútbol. Te ponen una foto con el peluquero el día antes de la concentración…”. A Riquelme ya le apreciaba pero me enseñó a quererle más un amigo que tiene un apellido, Bruscantini, que es como su personalidad: empieza como una moto, en el medio tienen un golpe seco que te sacude y acaba diluido, dulce y suave.

Juan Román Riquelme. Foto de Santiago Trusso bajo licencia Creative Commons 2..0. (.www.SantiagoTrusso.com)
Juan Román Riquelme. Foto de Santiago Trusso bajo licencia Creative Commons 2..0. (.www.SantiagoTrusso.com)

Hay futbolistas que molan y otros que no. Supongo que va de la mano con la popularidad y la fama, conceptos cada vez más engordados, difusos y perversos. Parece más importante acertar con la celebración que con el disparo, aunque el mejor festejo de un gol ya esté inventado. Contaba Di Stéfano que Enrique García, futbolista de Racing, se regateó a medio equipo rival y marcó gol. Cogió la pelota y mientras la llevaba al centro del campo fue borrando con el pie la jugada. El propio Di Stéfano le preguntó qué hacía y García contestó: “Borrarla para que no me copien”. Siempre que hay un ligero atisbo de creerme que hecho algo en la vida, me vienen a la cabeza Radomir Antic y Ramon Besa. El primero explicó en una entrevista en Jot Down que cuando le regaló a su madre el periódico en el que salía publicada su primera entrevista, ella le dijo: “Has llegado muy lejos. Ahora todo el mundo puede limpiarse el culo con tu cara“. Besa, periodista de El País, soltó una frase que los de la profesión nunca deberíamos olvidar: “Si escribes para estar pendiente de que te lean eres un gilipollas“.

Me temo que lo de ser popular viene de la preadolescencia. Ahí también estaban los que molaban. Normalmente eran repetidores, fumaban y eran moteros aunque no tenían moto o la que tenían superaba los niveles de contaminación acústica. Bastaba con la chaqueta de cuero y las gafas de aviador. Luego estábamos todos los demás. De aquella época yo recuerdo que hubiera canjeado muchos aprobados por tirarme de cabeza con estilo, hacer más de diez toques seguidos y saber montar en bicicleta, tres cosas que por cierto tampoco sé hacer hoy y de las que no estoy orgulloso pero tampoco me avergüenzo. En ese infierno que va de los 11 a los 14 años, cuando juegas a ser adulto en un cuerpo de niño, te gustaría guardar algunos secretos en lo más hondo del cajón de ropa, como esa prenda de colores, que todos hemos tenido, que advertía con unas letras alegres: “Alguien que me quiere mucho me ha traído una camiseta de Formentera“. Ser querido por la familia a según qué edad no estaba bien visto.

Luego, como le pasa a Steve Harrington en Stranger Things, se va normalizando, aunque con las formalidades -abro paréntesis- hay que ir con cuidado. A veces me dan una patada sin querer y soy yo el que pide perdón, cuando salgo del ascensor digo gracias y enseguida se me olvida el nombre de alguien que me acaban de presentar. Cerrado el paréntesis de mis taras, creo que más que madurar, lo que nos pasa es que primero valoramos más las peculiaridades de una persona, pero luego nos damos cuenta de que lo hay que tener en cuenta es la cualidad que, al menos a mí, cada vez me cuesta más encontrar, en la vida y en el fútbol: la sencillez.

Foto de portada: Focus Images Ltd.

9 comments

Fantástico artículo. La sección de Sergio nos está regalando perlas de gran calidad. Un honor poder leerle.

Deja un comentario

*