El dios del fútbol

Los jugadores de River celebran un gol en el Monumental. Foto bajo licencia Creative Commons 2.0.

La Champions es como El exorcista: con la canción sabes que empieza. El fútbol tiene a veces algo de paranormal, colinda con lo esotérico, a veces satánico, a veces celestial. Cuando Iniesta marcó en Stamford Bridge, Carlos Martínez dijo: “El dios del fútbol”. Invocó a alguien más allá de la razón, alguien que aparece poco pero de forma contundente, alguien que rompe el tablero, tira la mesa y dice aquí mando yo. La justicia en el fútbol adquiere el don divino.

Se le llama flor, se le llama suerte, se le llama fe. No es más que un milagro, que de lo poco que suceden no paramos de invocarlos. Juan Tallón escribió en Salvaje oeste que no hay nada más sencillo que un milagro. “Uno no tiene ni que mover un dedo, lo hace todo el milagro”, dice en el libro el capitán del Real Madrid, a diez puntos del Barça en la Liga. Los milagros no te piden nada. Un simple gesto a lo sumo, como comprar un décimo de lotería. Después solo tienes que sentarte en el sofá y esperar a que los niños de San Ildefonso canten tu número.

El fútbol se presta a los milagros. Se te quedan en la piel como un tatuaje. Puedes haber visto miles de partidos mundanos, miles de resultados lógicos, miles de goles racionales, pero basta que basta que hayas visto un solo milagro para esperarlo siempre. Intentamos explicar el fútbol a través de la táctica, como si fuera una receta. Muchas jugadas tienen causas y consecuencias, pero hay goles que simplemente son. Un entrenador juega también con la mente, mitad psicólogo, mitad tarotista.

El problema es pensar que el milagro es rutina, que lo paranormal es lo lógico. Pasó sobre todo esta semana con la visita del Barça a Múnich. De las pocas opciones que había, parecía que se iba a producir el milagro. “Y si…”, se escuchaba por ahí, ignorando que el condicional es el paso previo a toda frustración. Había más esperanzas en un toque de varita que en un toque en el campo. En el fútbol nos gustan los finales que no nos gustan en la ficción: efectistas, sin lógica, que no tengan explicación ni nada que ver con lo anterior. Un milagro, un deus ex machina: que aparezca alguien y salve el entuerto. Pero el fútbol casi siempre respeta la trama. Lo normal, lo lógico, se impone como un pisapapeles. Por eso cuando parezca que la pelota se mueva sola, cuando parezca que la ouija es real, desconfía: seguramente algún graciosillo esté empujando el vaso.

Imagen de portada bajo licencia Creative Commons 2.0.

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