Portugueses y ucranianos estrechan sus lazos

Avenida da Ucrânia en Lisboa. Foto: Koshelyev bajo licencia Creative Commons 3.0.

Al caminar por la Rua da Estação, en el barrio de Mem Martins, en las afueras de Lisboa, se ve una tienda con una fachada azul y amarilla, muy cerca de la estación de tren. La imagen que aparece en el exterior del establecimiento, llamado “Mini Mix”, muestra a una mujer sonriente adornada con accesorios en la cabeza. “Пусть всегда будем вкусно!”, se lee en la entrada. Algo como “siempre delicioso”, en ruso. Mini Mix es una cadena de supermercados repartida por toda Europa que vende alimentos de Europa del Este. Portugal es uno de los países del continente con más establecimientos de la marca. Para los habitantes de Mem Martins originarios del Este, es aquí donde pueden encontrar algunos productos de su tierra. Y cuando hablamos de inmigrantes de Europa Oriental en Portugal, nos referimos principalmente a los ucranianos. Hay más de 45.000 de ellos en el país; la segunda comunidad más grande de inmigrantes, sólo por detrás de los brasileños.

Llegaron a finales de los noventa, buscando las condiciones de vida que no tenían en un Estado recién constituido tras la disolución de la Unión Soviética; Portugal, un país con una población menguante, siempre ha necesitado mano de obra. Los ucranianos estaban dispuestos a suministrarla. Lo que ganaban en euros allí era una fortuna en la moneda de Ucrania —la grivna— , así que podían enviar dinero para ayudar a la familia en el otro extremo del continente.

“En la fase inicial (1999-2002), el proceso migratorio corresponde a una migración organizada, basada en intermediarios, o en redes ilegales de contratación de mano de obra internacional, disfrazadas en forma de agencias de viajes”, señala Maria Lucinda Fonseca, profesora del Instituto de Geografia e Ordenamento do Território de la Universidad de Lisboa. “Los inmigrantes más antiguos entraron en el país con visados Shengen y permanecieron en situación irregular hasta que consiguieron un permiso de estancia”.

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Al principio, la mayoría de los que llegaban eran hombres, lo que de alguna manera provocó una mezcla entre las dos nacionalidades: nacieron niños de padres ucranianos y madres portuguesas. Sin embargo, Fonseca observa que “a lo largo del tiempo se ha producido una creciente feminización y un aumento de las migraciones por motivos familiares. Así, según el Censo de 2011, a fecha de 21 de marzo, las mujeres representaban el 49,2% de la población de nacionalidad ucraniana residente en Portugal, mientras que en 2001 solo representaban el 18,6%.

A pesar de las pocas similitudes entre los dos países, los ucranianos se sintieron como en casa en la tierra de Camões. Llegaron en número creciente. En 2002, la cifra de personas nacidas en Ucrania que vivían en Portugal superaba los 60.000; era el colectivo inmigrante más numeroso del país. “Inicialmente, muchos inmigrantes de Ucrania tenían la intención de quedarse en Portugal durante un corto periodo de tiempo y, de hecho, muchos se fueron. Sin embargo, otros cambiaron su proyecto migratorio, optando por una estancia más larga o incluso por establecerse definitivamente, reuniendo o estableciendo a su familia aquí y buscando el reconocimiento de sus cualificaciones educativas y profesionales para acceder a un trabajo más cualificado y mejor pagado.”

Y esto es algo que llama la atención: los ucranianos, en general, se han integrado muy bien en el nuevo país; a diferencia de otros grupos de inmigrantes, hablan perfectamente el idioma local, quizá ayudados por la fonética tan parecida del portugués continental a la de las lenguas eslavas, lo que puede hacer que una persona desprevenida, caminando por las calles portuguesas, tarde algunos minutos en distinguir si lo que oye es ucraniano o portugués. La inmigración ya ha llegado a su segunda generación. Muchos hijos de ucranianos, nacidos en Portugal pero orgullosos de sus raíces, participan normalmente de la sociedad portuguesa: asisten a escuelas y universidades y consiguen trabajos cualificados, a diferencia de los de la primera generación, que tuvieron que aprender el idioma y trabajar en empleos con baja remuneración.

Y el fútbol, espejo de la sociedad como es, reflejó de forma clara en los últimos días la delicada situación vivida por Ucrania: si alguien no conocía hasta entonces las estrechas relaciones entre Portugal y Ucrania, éstas se manifestaron en el partido entre el Benfica y el Vitoria de Guimarães el pasado fin de semana. Y es que el fichaje más caro del Benfica esta temporada es ucraniano: el internacional Roman Yaremchuk llegó en verano procedente del KAA Gent por 17 millones de euros. “Todo empieza en el partido contra el Ajax, cuando Yaremchuk se quita la camiseta y muestra ese símbolo”, dice Frederico Sassetti, aficionado de los encarnados. El delantero, tras marcar el 2-2 ante los neerlandeses en el encuentro de ida de los octavos de la Champions, se quitó la camiseta, para enseñar la que llevaba por debajo, donde se podía ver la imagen del Tryzub (tridente), que es el escudo de armas del país. Un gesto de apoyo a la causa ucraniana un día antes de que estallara oficialmente la guerra. “Soy ucraniano y estoy orgulloso de ello”, escribió Yaremchuk tras el partido en su cuenta de Instagram. “Estando a miles de kilómetros de mi país de origen, quiero apoyar a todos los que ahora están en tensión en su patria, ahora es el momento de unirse. Este es nuestro país, nuestra historia, nuestra cultura, nuestra gente y nuestras fronteras”.

La actitud de Roman generó repercusiones; sobre todo entre los ucranianos que viven en Portugal. En el primer partido tras el inicio oficial de la guerra, el pasado domingo (28/02), lo que presenció el Estádio da Luz fue algo conmovedor. “Lo de este fin de semana fue algo impresionante”, dice Sassetti, que estuvo en el campo del Benfica. “Lo que pasó fue que el Benfica jugó contra el Guimarães. El domingo hubo una manifestación en Lisboa junto a la embajada rusa. El hecho de que Yaremchuk mostrara su camiseta en el partido contra el Ajax movilizó a los ucranianos”, explica Frederico, que cree que muchos de ellos acudieron al Estádio da Luz tras las manifestaciones de Lisboa. “Nunca he visto tantos ucranianos en un partido del Benfica. Vi a mucha gente con las banderas de Ucrania y escuché a mucha gente hablando ucraniano en el estadio.” Fue la manera en que la diáspora pudo mostrar el apoyo a los suyos.

Todos los jugadores del Benfica entraron en el campo con un brazalete con la bandera ucraniana. Y cuando Jan Vertonghen pasó el brazalete de capitán a Yaremchuk, que no había empezado el partido como titular, la afición se puso de pie para ovacionar al jugador, que en este momento representaba a todos los ucranianos. “La ovación no fue sólo de los portugueses solidarios, sino también de los propios ucranianos, que eran muchos”, afirma Sassetti, quien asegura que la movilización de la sociedad portuguesa en torno a la causa ucraniana ha sido notable. “Hay una campaña nacional de apoyo a Ucrania como nunca he visto antes. Más importante que en las catástrofes naturales ocurridas en países que tienen fuertes lazos culturales con Portugal, como Mozambique y Brasil”. De hecho, fue un portugués, Hugo Sousa, quien creó la plataforma We Help Ukraine, cuyo objetivo es prestar apoyo a los ucranianos que abandonan su país. “Una persona que llega a Portugal necesita una casa, un número de identificación fiscal, un trabajo, un teléfono móvil, dinero para los primeros días, alguien que le ayude con el idioma”, explicó. La plataforma trabajará para ayudar a encontrar alojamiento, medicamentos, donaciones y ofertas de trabajo para los ucranianos en el extranjero.

El gobierno portugués, por su parte, ha anunciado medidas para facilitar la llegada e integración de los refugiados ucranianos, que se unirán a los casi 50.000 compatriotas que viven en el país. El 26 de febrero, el Palacio de Belém, sede del gobierno portugués, se iluminó con los colores de la bandera ucraniana, en un “gesto de solidaridad y respeto de Portugal y los portugueses con Ucrania y el pueblo ucraniano”, publicó la página web de la Presidencia de la República. Las calles del país se llenaron con los mismos colores.

“Queridos aficionados del Benfica, compañeros de equipo, staff, directivos y simplemente el pueblo de Portugal. Toda Ucrania os agradece vuestro apoyo”, escribió Yaremchuk tras el partido del fin de semana. “El pueblo ucraniano recordará este momento el resto de su vida. Vuestro aplauso no es para mí, vuestro aplauso es para toda la gente y los soldados que protegen a mi familia, a mis amigos y a toda Ucrania”.

A unos ocho kilómetros del estadio de la Luz se encuentra Belém, ese histórico barrio de la capital portuguesa. En la Praça Itália se puede observar el busto de un hombre con el ceño fruncido y un frondoso bigote. Debajo, versos en cirílico, también traducidos al portugués: “¡Luchad! ¡Combatid! ¡Dios os ayuda! Con vosotros está la verdad, la gloria y la sagrada libertad” se lee. El hombre que aparece en la estatua es el mismo que está en los billetes de 100 grivnas, tan poco valorados hoy en día: Taras Shevchenko, un poeta considerado el gran héroe nacional y fundador de la literatura ucraniana, que en 1845, mientras era perseguido por las autoridades del Imperio Ruso escribió:

“Si he de morir, sepultadme

en una tumba erigida

entre las vastas estepas

de Ucrania querida”

Taras falleció en San Petersburgo en 1861, pero su tumba se encuentra en Kaniv, una ciudad ucraniana de unos 23.000 habitantes, al lado del río Dniéper. Schevchenko, sin embargo, también está a miles de kilómetros de ahí, a pocos pasos del Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém o el Monumento a los Descubrimientos, a orillas del río Tajo. Un homenaje de los portugueses a Ucrania y a su gente.

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Foto: Koshelyev bajo licencia Creative Commons 3.0.

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