Fútbol de la calle

Foto de portada: Davide Bonalde

Los dos últimos martes llueve en Barcelona, pero al final sale el sol. Un grupo de chicos y chicas se encuentran delante del campo de fútbol municipal de la Satalia, en Pueblo Seco, Barcelona. Llevan varias semanas quedando a los pies de Montjuic, donde empiezan su entrenamiento físico. Son casi tres meses sin tocar balón. La nueva normalidad para ellos, volver a jugar a fútbol, está a punto de hacerse realidad. Algunos ya se conocen de otras tardes. Todos se saludan, entre ellos y con los voluntarios. A veces con el codo, a veces con el puño, también chocan la mano. Unos llevan mascarilla y otros no. Están delante del campo donde entrenan los martes y los jueves, todavía cerrado por las consecuencias del coronavirus.  Una voluntaria se encarga de coger los datos de los que vienen por primera vez. Hoy son tres los que se estrenan.

El primero en llegar ha sido Sheriff, que hace unos meses no hablaba nada de castellano. Tiene veinte años y nació en Liberia. Llegó a España hace un año desde Marruecos. Aunque se siente más a gusto hablando en un inglés muy bueno, en español puede contar con timidez que está muy contento de acudir al entrenamiento. “La mayoría de los que están aquí son mis amigos. Fredi es muy bueno, nos cuida mucho y sabe cómo hablarnos”.

Fredi Vidal es la cara visible de Street Soccer Barcelona, un proyecto socio-deportivo dirigido a personas en riesgo de exclusión social. Fredi trabajó diez años en Bélgica en un centro con personas refugiadas y quiso que estuvieran activos físicamente. Qué mejor que el deporte rey. “El fútbol es el lenguaje universal”, dice enseguida Fredi, y aunque puede sonar a tópico, aquí se cumple. Cuando volvió a su Barcelona natal trató de iniciar un proyecto parecido, que al final fue Street Soccer Barcelona. Después de la prueba piloto, que cumplió el 22 de junio dos años, se han fijado dos entrenamientos por semana, en los que los beneficios van mucho más allá de jugar: “Les damos botas de fútbol, desayuno o merienda, y también se pueden duchar”, explica Fredi, que aclara que son cosas básicas pero muy importantes para ellos.

Hasta el estado de alarma, entrenaban en un campo de fútbol dos días a la semana
Hasta el estado de alarma, entrenaban en un campo de fútbol dos días a la semana. Foto: Davide Bonalde.

Eso da una pista del perfil que acude a los entrenamientos. En 2019, pasaron más de 171 personas. La media de edad fue de 25 años, aunque la gran mayoría están en torno a los veinte. Su lugar de procedencia es variado: Marruecos, Guinea, Egipto, también España. Aunque son minoría, asisten personas de cuarenta o cincuenta años y mujeres. El espectro es amplio. A todos los unifica, y también les une, su riesgo de exclusión social. Lo mejor, según la organización, es que han conseguido fidelizar: “Venía mucha gente por amigos y a lo mejor después no volvían. Ahora hay un grupo bastante fiel. Tenemos que entrenar dos días para que haya espacio para todos”, aclara Fredi, que también es el entrenador de un equipo que compite en el Consell Escolar, la liga interna de los institutos de Barcelona. “Un día vino una niña vestida con uniforme y me preguntó quiénes eran estos, en referencias a los chicos. Ellos también se ponen muy nerviosos”. El de competir es un proyecto más regular, con chicos que ya saben que van a estar aquí tres años. “Los partidos son intensos y podemos trabajar con ellos el compromiso, el fracaso… para luego llevarlo a la vida, que es lo importante aquí”, sostiene Michi, exfutbolista y parte importante del proyecto junto a Fredi. El fútbol, que cambia tanto cuando lo apuntan los focos, como vehículo para crecer en la vida.

El objetivo principal de Street Soccer Barcelona nunca es el de competir, por más que le pese a Landry. “Fredi, mi entrenador, sabe que yo quiero entrenar más fuerte, pero me lo tomo como un calentamiento”, dice mientras se mueve constantemente aunque esté sentado. Tiene 27 años y nació en Costa de Marfil. Lleva un año en España y once meses en Barcelona, de donde llegó de Motril, pasando por Valencia. “Entré de manera ilegal, pero no tenía elección”, aclara como si tuviera que pedir perdón. “A mí me gusta moverme, si no puedo correr ni jugar a fútbol… Es muy duro estar encerrado”. Y así tuvo que estar, como todos, los últimos tres meses. Su única desconexión semanal y oportunidad para hacer deporte en grupo se vino abajo por la pandemia. Desde mediados de marzo no han vuelto a entrenar con balón. En el grupo de WhatsApp que tienen, llevan semanas preguntado cuándo podrán entrenar con pelota. Los dos bultos redondos que hay en la mochila de Fredi permiten intuir que hoy empieza la nueva normalidad.

“La semana que se decretó el estado de alarma, teníamos un partido contra el femenino del Pubilla Cases, amistosos contra universidades y un torneo que organizábamos nosotros. Estábamos cogiendo velocidad, pero el proyecto se frenó en seco”, reconoce Fredi, que también tenía un ojo puesto en los chicos: “Hay un grupo que viene de un centro de día de Meridina y los educadores nos decían que no sabían dónde estaban. Algunos se quedaron en la calle justo en ese momento”. En la organización aprovecharon para darle mejor cara y ojos al proyecto y trabajar la visibilización y el contacto con las empresas, ya que tuvieron que dejar de entrenar repentinamente. Toda financiación que consigan es poca.

En el año 2019 participaron 171 chicos y chicas
En el año 2019 participaron 171 chicos y chicas. Foto: Davide Bonalde.

“Vine el primer día en marzo, en teoría íbamos a jugar un partido, pero de repente todo se paró”. Jaouad descubrió Street Soccer Barcelona gracias a la familia de acogida con la que estaba. Nació en Marruecos y llegó hace un año en patera. Entró por Algeciras, su familia le dio dinero para el billete de autobús hasta Barcelona, que se lo tuvo que comprar otro chico marroquí porque él no tenía pasaporte. “Fue duro, ahora hablo cada día con mi familia”.

Todos ellos sirven para visibilizar un problema que muchas veces no queremos ver, que los datos convierten en simples números. Las cifras no duelen mucho. Según el último informe sobre las personas sin hogar promovido por la XASPLL (Red de atención de personas sin hogar) sólo en Barcelona hay más de 3.800 personas sin hogar. De ellos, casi el 18% son jóvenes de 18 y 30 años, la franja de edad que más aumenta respecto al año anterior. Los que tienen suerte viven en un centro de acogida en un mes y en otro al siguiente. Nada es permanente en ellos, pero Street Soccer Barcelona es por fin algo que les une a esta ciudad que ahora tienen a sus pies.

Estas semanas, después de encontrarse frente al campo de fútbol que todavía está cerrado, suben corriendo hasta Montjuic y se colocan en la hierba, enfrente del Estadi Olímpic y el Palau Sant Jordi. La explanada parece un gimnasio: hay perros que buscan lo que sus amos les tiran, gente que corre, que salta la cuerda, que juega a pádel, también quince chicos y cinco voluntarios que dejan las mochilas en medio y hacen un círculo.

“En el ordenador se podía disimular un poco más”, dicen los que se reincorporan hoy. Durante el confinamiento, realizaban entrenamientos online que no todos podían realizar por problemas de conexión o de espacio. Era también una forma de estar en contacto. Aquí ya están obligados a cumplir, a aguantar en la tabla de abdominales o resistir en los malditos burpees. Se reproducen las onomatopeyas, algunos no llegan al final de los ejercicios, otros intentan escaquearse, pero la mayoría son atléticos y disciplinados a pesar del esfuerzo y del tiempo de inactividad.

Yacuba termina cansado y habla entre jadeos: “Llevo tres meses sin venir y sin correr. Lo estoy notando porque sólo hacía flexiones”. Cumplió 22 años hace dos semanas y en la residencia en la que estaban le hicieron una tarta y lo celebraron. Ahora ya está en otro centro. Nada es permanente en ellos. Hace seis años que está en España. Tardó dos en llegar desde su Guinea natal y pasó por Mali, Argelia y Marruecos. “Sabía que no iba a ser fácil, pero de verdad, fue muy duro. Vine con mi hermano, pero ahora él está en Francia”. Lo explica todo de carrerilla. Todos dicen que no les importa que su historia salga publicada ni que aparezca su nombre. A lo mejor los que queremos esconder su realidad somos nosotros.

Lo cuenta, dice él, porque es importante para toda esa gente que está sin papeles. Una situación que están convencidos de cambiar. “Hacía tiempo que no venía porque me he sacado el B1 de catalán, y me coincidía con el día de entrenamiento. Ahora me quiero sacar el B2, pero seguiré viniendo cuando pueda. Aunque cuando me legalice y encuentre trabajo ya no podré venir”. Lo dice convencido, como si tuviera muy claro que lo va a conseguir. Es lo que deben de llamar dejar tu casa para dejarlo todo atrás y buscarse la vida, casi literalmente.

El grupo de voluntarios y participantes, el pasado martes
El grupo de voluntarios y participantes, el pasado martes.

La bicicleta es el último ejercicio físico. “Luego balón”, dice una voluntaria. “¿Balón?” preguntan todos. Y aplauden mientras salen dos pelotas de la bolsa. Hacen rondos para calentar y enseguida empieza un partido en pocos metros cuadrados y cuatro mochilas como porterías. Aquí no hay VAR ni falta que hace. Se juntan muchas nacionalidades -39 en 2019- hay una voluntaria argentina, otra estadounidense y uno finlandés. Al final es cierto que el fútbol es un idioma universal, porque todos sienten lo mismo. Yacuba es el que mejor lo explica: “Me hace muy feliz venir aquí y volver a tocar la pelota después de tanto tiempo. Aquí sólo pienso en jugar, en divertirme y en mantenerme en forma. Me libera. Se me olvida todo el sufrimiento que he pasado.”.

Foto de portada: Davide Bonalde

4 comments

Deja un comentario

*