Tengui, falti

Cromos Mundial 2006 Marcadorint

El calendario es un mentiroso. Acabamos de pasar esos días de septiembre que hace el frío de octubre y todavía tenemos la cabeza en agosto y ahora entramos de lleno en esos días de septiembre que hace el calor de agosto y ya tendremos la cabeza en octubre. Me gusta que cuando hace 20 grados en octubre digamos “qué frío” y cuando hace 20 grados en marzo digamos “qué calor”. Significa que nos importa más de dónde venimos que hacia dónde vamos.

Ante tal desbarajuste climático y psicológico, nada como los objetos para guiarnos. Que se lo pregunten si no a Vázquez Montalbán, que tenía diferentes máquinas de escribir y usaba una u otra en función del tipo de texto. Los objetos proporcionan recuerdos, son DeLoreans, “tiempo concentrado”, que dice Miqui Otero. A veces parece que si perdemos un objeto perdemos también los momentos que asociamos a él.

Pocos objetos en el fútbol y en la infancia como los cromos. Amenizan el primer día de curso, que es todo lo contrario que el primero de vacaciones porque parece mucho peor de lo que al final es. El álbum tiene un misterio que siempre me ha dado miedo descubrir: somos más felices cuando enganchamos el primer cromo que el último. Pasa como con cualquier cosa que se acaba, porque tenemos esa sensación, alegre y a la vez triste, de estar viviendo ya un recuerdo.

La vida de los cromos empieza en los quioscos. Últimamente pienso que el oficio de periodista se parece más al de quiosquero que al de un Social Media o un técnico de Marketing. Primero son los periodistas los que avanzan la apertura de los quioscos. A cambio, son los quioscos los que cuando bajan las persianas anuncian el cierre de las redacciones. Los mejores bares son como los mejores quioscos: no hace falta pedir para que te pongan lo que quieres.

Mis padres eran mis directores deportivos. Me financiaban el proyecto pero luego yo tenía que sacarle partido.

Cuando yo era pequeño, que creo que hace poco pero empieza a hacer mucho, había una ley no escrita. Cuando te comprabas un sobre -me dicen ahora que están más caros que el petróleo- y te salían todos repetidos, había que buscar alternativas. “Los voy a cambiar”, le decía convencido a mis padres. Era la única forma de justificar el gasto, sobre todo cuando me veían aparecer con un mazo de repetidos, aprisionado con dos gomas de pollo, que tenía que transportar con las dos manos. Mis padres eran mis directores deportivos. Me financiaban el proyecto pero luego yo tenía que sacarle partido.

Dice Jordi Puntí que ningún azar es tan puro como el de abrir un sobre de cromos. No deja de ser curioso que en el quiosco todos los cromos valgan lo mismo. El recreo se encargaba de estabilizar el mercado, aunque algunos siempre querían reventarlo. Tiene una explicación y hay que recurrir de nuevo a Miqui Otero: “Las cosas tienen el mismo precio, no el mismo valor”. Son las reglas del patio las que mandan, como que dos chaqueta son una portería, no vale chutar fuerte desde cerca y el penalti y gol, de toda la vida, es gol.

La última opción para acabar el álbum, al menos en Barcelona, es el Mercat de Sant Antoni, un lugar mágico que los domingos por la mañana se nutre de la ilusión de encontrar el disco anhelado, el libro perdido o el primer videojuego de la Mega Drive. Las esquinas hierven y los niños y niñas, de entre cinco y trece años, se amontonan. Supongo que después de esa edad hay que fingir que ya no estamos en la infancia. Los niños se emparejan de frente y la madre o el padre se quedan ahí, lejos pero cerca, custodiando el intercambio. Hay todo tipo de negociadores. Los ordenados, con un Excel y fluorescentes para marcar los cromos conseguidos; los que apuntan los nombres con mala letra en un papel con manchas de leche y chorizo; los que se creen Daniel Levy y los que aceptan cualquier trueque por bueno.

No sabemos muy bien cuándo se nos escapa la infancia. Tiene que ser en algún momento en el que les pedimos a nuestros padres que no nos acompañen al colegio, cuando ya nadie nos lleva a la cama si nos dormimos en el sofá y cuando pasamos de Hotmail a Gmail. Lo bueno que tiene la vida es que a veces podemos asomarnos un instante a esa ventana de felicidad pasada, escuchar cómo se rompe el sobre, sacar el cromo y ver a nuestro jugador favorito. Ni tan siquiera nos importa que sea mucho más joven que nosotros, síntoma de que la vida ha acelerado y no nos hemos dado cuenta.

Foto de portada: MarcadorInt.

20 comments

Me pareció genial lo de aquellos que se creen Daniel Levy. Recuerdo que algunos de esos cromos (a los que llamo estampas o estampitas) eran verdaderamente difíciles de conseguir. Excelente artículo.

Nunca olvidaré a Carmelo, del Cádiz CF. Era el último cromo que me faltaba del álbum de alguna temporada de los 80/90 y recuerdo la ilusión que me hizo conseguirlo. Eso si, creo que nunca lo vi jugar 🙂

Buahhh!! brutal artículo. Enhorabuena Sergio. Has llegado a la esencia del niño que llevamos dentro.
PD: colecciono los panini de mundiales y eurocopas desde España 82.

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