Tres a cero (II)

Walsall estadio Marcadorint

“Tres a cero”, primera parte

Si algo bueno tiene el alzhéimer es que es progresivo. Si de la noche a la mañana mi padre no se hubiera reconocido en las fotografías, se hubiera cagado encima o me hubiera confundido con su hermano, creo que no lo habría aguantado. Ahora ya hace esas tres cosas y otras muchas más, pero el tortuoso declive de la enfermedad me ha ido preparando cada día para lo peor. Al principio recurríamos a estrategias para ejercitar la memoria. Recuerdo que en día de partido dejábamos la camiseta en el sofá para que se acordara de ponérsela.

Mi padre seguía viendo los partidos desde casa, incluso más atildado y animado que cuando iba al campo. Una noche llegué de cenar y lo vi delante de la pantalla, con bufanda y camiseta, listo para un partido que nuestro equipo jugaba el día siguiente. Los dos nos miramos y supimos lo que había pasado. – ¿Ya estás listo para el partido de mañana?- le dije con ironía-. -Es que es uno de los más importantes de la temporada-. Y nos reímos como pocas veces lo habíamos hecho.

Luego llegaron el bricolaje, las películas de Star Wars y los chistes de Eugenio. Se dormía con los cascos puestos y a mí me gustaba porque sonreía cada minuto hasta que se dormía. Las películas se las ponía por las tardes y por las mañanas empezaba a construir unos muebles que nunca acababa. Normalmente, eran muebles menores: una pequeña estantería, una mesita de noche o un zapatero. Una tarde llegué de trabajar y, en lugar de construir, había destruido. Se había cargado a base de martillazos la cama de matrimonio en la que dormía con mi madre, muerta hace más de 10 años. Me enfadé y empezó a llorar desconsoladamente mientras me rogó que hiciera todo lo posible para que él no olvidara el nombre de mi madre. Manuela. Le costaba mucho recordarlo pese a que lo habíamos escrito en post-its repartidos por toda la casa. Ahora ya no se acuerda de eso, como no se acuerda de nada, pero creo que en el fondo está contento porque Manuela, el nombre de mi madre fue lo último que olvidó. A veces se me queda mirando, pensativo y concentrado, y yo creo que me está preguntando si él todavía recuerda el nombre de mi madre. Yo siempre le abrazo y le tranquilizo, porque el alzhéimer no le deja recordar el nombre, pero él lucha para recordar que tiene algo que recordar, y ese algo es mi madre.

Desde que le diagnosticaron la enfermedad me daba mucho miedo el día en que no me reconociera. Pero, entre que eso llegó relativamente pronto y que en el momento no me pareció tan grave, llegué a la conclusión de que lo que realmente iba a hundirnos a los dos sería el día en que no le reconociera yo. Y esa tarde, antes de salir al campo, antes de que Santiago me replicara por primera vez, me costó reconocer en esa mirada a mi padre.

Hasta la contestación de Santiago nunca había pensado en que yo podía llegar a ser más viejo que mi padre. Empecé a hacer cálculos. Si yo tenía 31 y mi padre, 62, con la enfermedad tan avanzada, concluí que no me costaría superar su edad. Algún día seré como es él en este mismo instante e, incluso, mucho más viejo . Esa frontera en la que está ahora mismo Santiago tiene que ser un momento inquietante, una experiencia terrible. Sales de un lugar seguro, pasas una cortina invisible y estás en terreno desconocido.

Quizás por la dura respuesta de Santiago, más balsámica que cualquier abrazo, o porque perdimos el partido por un incontestable tres a cero y las derrotas me provocan un estado zen que ya quisieran las victorias, cuando llegué a casa y mi padre me trató como a su hermano, no me entristecí en absoluto. Le abracé y le dije que habíamos perdido tres a cero, pero que había visto a un aficionado visitante consultar en Google por qué todos entrábamos por la misma puerta.

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Foto de portada: Marcadorint.

6 comments

La semana pasada, sin haberme percatado de que habría una segunda parte, te iba a decir que me encantaría leer más textos de este tipo. Y heme aqui leyendo este otro regalo. Da igual el género, siempre consigues hacernos sentir.
Escribe sobre lo quieras, más faltaba, y de la forma que desees pero, por favor, no dejes de escribir.
Gracias Sergio.

Muchas gracias, Juanan por estar aquí cada semana. Me alegra de que te haya gustado también este texto de ficción. Un abrazo.

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