Visita anual de la infancia

Father and son before the Sky Bet Championship match between Ipswich Town and Bournemouth at Portman Road, Ipswich
Picture by Richard Calver/Focus Images Ltd +447792 981244
21/04/2014

Si el fútbol fuera una noche del año, sería la de Reyes. El cosquilleo de la previa, siempre más placentero que el propio partido. La ilusión de lo que está por venir, el convencimiento de que todo puede pasar. Nos pueden traer el Scalextric o podemos ganar la Copa. Cada temporada es un regalo sin abrir. Algo pasa los últimos años que quieren que nos despertemos de todo esto. Igual que aquel cabrón nos dijo en un pasillo que los Reyes eran los padres, también quieren robarnos la ilusión del fútbol con una Superliga elitista. Ya nos quitaron los Reyes, ahora quieren quitarnos el fútbol.

Si fuera a visitar a mi yo de la infancia, me diría que disfrutara el 5 de enero, porque luego ninguna noche de fiesta iguala la noche de Reyes. Me diría también que no tuviera prisa en abrir los regalos ni en levantarse de la cama. Lo que sentimos en la cama de nuestros padres, cuando vamos a decirles que han llegado los Reyes y ellos se hacen los remolones, ya no lo volvemos a sentir jamás.

Por suerte, me enteré relativamente tarde de que los Reyes son los padres. Baltasar, Melchor, Gaspar y sus regalos nos dan una lección que se confirma con los años: cuanto menos sabemos de algo, más espacio hay para la imaginación y, por lo tanto, mejor es. Después de saber quiénes son los Reyes, empieza otra vida. Es la primera vez que nos damos cuenta de que las ilusiones, tarde o temprano, se desvanecen. Y no es la última. Es la prueba de que la vida no solo no es lo que parece, sino que es mucho peor porque no es tan fácil como pedir algo y que te lo traigan.

Me atrevería a asegurar que todos recordamos el día que nos dijeron que los Reyes eran los padres. Yo pasé por tres fases hasta que lo acepté. Primero pensé que el que me lo había dicho estaba loco. Cómo iban mis padres a comprar esos regalos. Luego pasé por la fase de negación, aunque me lo empezaba a creer. Cuando llegué a casa recuerdo que le saqué el tema a mis padres, y no me lo confirmaron, pero tampoco me lo negaron, que es como se daban las malas noticias en casa. Yo pregunté entonces si lo del Ratoncito Pérez era verdad, como si le pudiera pedir un tiempo de descuento a la infancia.

Todos recordamos ese día porque es el primer paso hacia un país desconocido. Cuando abandonamos la infancia cruzamos una aduana en la que nos requisan todo. A la adolescencia no podemos llevarnos nada, salvo unos hilos en el bigote. Nos quitan hasta las ganas de darles la mano a nuestros padres por la calle. Lo malo es que nadie nos dice nada en la frontera. Podrían avisarnos de que se acabó el cuento, de que a partir de ahora empieza la vida.

Un día marqué un gol con Castolo y ya no sentía lo mismo. Dice Javier Salvago que la madurez debe de ser “ese cansancio, esa desganada, ese saber, ya de antemano, que nada sirve para nada”. La infancia bien podría ser el único paraíso posible, y una vez nos echan, se acabó. Luego la vida no solo te envía resfriados, sino que lo hace en verano; no solo no te presta un sitio para aparcar, sino que te enseña cómo te lo quitan tres coches.

Jabois escribió en Malaherba, un libro en el que se palpa la frontera en la infancia y la adolescencia, que “cuando uno es niño se va enterando de todo mientras no se va enterando de nada”. De pequeños queremos saber más y luego nos gustaría saber menos. “El futuro es nuestro”, nos consuelan los que saben que nadie puede ofrecernos nada en el presente. Cuando descubrimos el engaño de los Reyes, viene el siguiente: el de que la vida va ir a mejor. Cuando crecemos nos damos cuenta de que los adultos mienten constantemente. Cuando están bien, dicen que les duele aquí o allá. Cuando están jodidos, dicen que están bien para que nadie se preocupe. Cuando dicen que no saben algo es solo una forma de decir que sí lo saben pero que prefieren no hablar y cuando hablan de algo normalmente es sin saber.

Cuando se acaba la infancia es como si acabara un hechizo. Nada tiene truco. El último reducto de magia es el fútbol. Los Reyes, aún sabiendo de qué va esto, son ahora la visita anual de la infancia. Con el fútbol, como decía Marías, nos queda la visita semanal. Es como si nos dejaran asomarnos por una ventana a esa alegría que sentíamos en la plaza. En una interesante conversación entre Valdano y Jordi Cruyff en El País, llegaban a la conclusión de que es arriesgado perder el romanticismo en pos de la Superliga europea. Recordad iros a dormir pronto hoy y, si todavía tenéis la carta a mano, apuntad a última hora que no es necesario que mejoren el fútbol si no quieren, pero que tampoco lo empeoren. A ver qué pueden hacer nuestros padres.

Foto de portada: Focus Images Ltd.

12 comments

“Lo que sentimos en la cama de nuestros padres, cuando vamos a decirles que han llegado los Reyes y ellos se hacen los remolones, ya no lo volvemos a sentir jamás”. Excelente frase y excelente artículo, Sergio.

Con qué sutileza, Sergio, has logrado que, durante la lectura, olvidara el fútbol, viajara en el tiempo y, lo que es peor, me sintiera identificado con lo que escribías. Un gran texto y, aunque también fui forzado a perder la ilusión en los reyes, no pienso perderla en el fútbol.

Que mejor forma de empezar el año que con uno de esos artículos que te hacen viajar a otro tiempo a la vez que disfrutar y reflexionar. Siempre disfruto contigo Sergio, pero este es otro de esos que disfruto aún más. Un auténtico placer tenerte. Gracias amigo (perdona si me tomo demasiada confianza y me refiero a ti en este término) y Feliz año. Un abrazo.

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